La reunión del Grupo Internacional para la Conservación de Turberas (IMCG) que se realizó hace unos meses en Magallanes, puso en valor los ecosistemas prístinos del extremo sur, y destacó la “resistencia” científica y ciudadana liderada por investigadores como Adriana Urciuolo para proteger un patrimonio de miles de años.

Del 1 al 9 de diciembre, la Región de Magallanes y la Antártica Chilena, especialistas de 14 países recorrieron las turberas de Tierra del Fuego, Punta Arenas y Última Esperanza en una iniciativa organizada por el Grupo Internacional para la Conservación de Turberas (IMCG), la Universidad de Magallanes (UMAG) y la Universidad Nacional de Tierra del Fuego (UNTDF), Argentina.
Para Adriana Urciuolo, investigadora de la UNTDF y miembro del Main Board del IMCG, este encuentro representó un hito en un camino que ella define con una palabra clave: perseverancia.
El valor de lo prístino
La logística del evento fue un esfuerzo colaborativo entre WCS Chile, la Universidad de Magallanes (UMAG), la Fundación Planeta Agua, el Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC) y el Instituto Milenio BASE. Según Urciuolo, la colaboración chilena fue fundamental para mostrar a expertos de Europa y Canadá paisajes que, para ellos, son casi mitológicos: turberas prístinas, en estado natural, como las de Karukinka en Tierra del Fuego.

“La gente que vino de Europa o Canadá realmente ha disfrutado un montón. No están acostumbrados a las turberas prístinas”, relata Urciuolo, subrayando que para los visitantes fue sorprendente la diversidad de comunidades y modos de vida observados en tan pocos días. Además, el grupo internacional elogió la rapidez con la que Chile ha implementado su ley nacional de protección de turberas, un avance que aún es materia de anhelo en otras latitudes.
Veinte años de “resistencia”
Sin embargo, detrás del éxito de este simposio hay una historia de décadas. Adriana Urciuolo destaca que dedicarse a la conservación requiere una “resistencia para no frustrarse”, entendiendo que estos procesos son extremadamente largos. Su propio trabajo en la porción argentina de Tierra del Fuego es testimonio de ello: un proceso de 20 años que comenzó en el simposio del IMCG de 2005.

En aquel entonces, el panorama era desolador. “Todo era minería, minería. Estaban destruyendo un patrimonio de miles de años”, recuerda la investigadora. Ante este escenario, la estrategia fue clara: crear conciencia a través de la ciencia. Tras años de trabajo de campo, inventarios y la designación de sitios Ramsar (como el Valle de Andorra y Península Mitre), se logró en 2011 una resolución de zonificación que hoy protege gran parte de la superficie de turberas, impidiendo concesiones mineras en áreas de protección.
“Es una resolución, no una ley, pero hasta ahora nadie se ha animado a tocarla”, afirma Urciuolo, reconociendo que, aunque el contexto actual es difícil para nuevas legislaciones, la clave ha sido no caer en los intentos fallidos y dar continuidad al trabajo con nuevas generaciones.

¿Por qué perseverar?
La insistencia de Urciuolo y su equipo no es caprichosa. Las turberas cumplen funciones vitales que a menudo pasan desapercibidas. Además de su belleza escénica, son gigantescos reservorios de carbono, fundamentales para mitigar el cambio climático. De hecho, la Iniciativa Global de Turberas reconoce que estos ecosistemas conservan más carbono que los propios bosques; al ser drenadas, liberan ese carbono a la atmósfera, agravando el calentamiento global.
A esto se suma su rol como reguladores hídricos y filtradores naturales que garantizan la calidad del agua y mitigan inundaciones. Para la ciencia, son también “archivos paleoambientales”: debido a sus condiciones sin oxígeno, preservan restos del pasado (como madera de 3.000 años) que permiten reconstruir los climas y paisajes de hace milenios.

“Si empezamos a drenar una turbera, estamos perdiendo un ecosistema de miles de años”, advierte la investigadora. Por ello, el mensaje que deja el encuentro del IMCG en Magallanes es claro: la conservación de las turberas no es sólo una tarea técnica, sino un acto de perseverancia y amor por un patrimonio que define la identidad y el futuro del planeta.
