Camilo Rada Giacaman es un explorador “National Geographic Explorer”. Desde 1999 ha explorado, como montañista y como científico, la Patagonia y la Antártida. Hoy enseña e investiga en la Universidad de Magallanes (UMAG), desde donde lidera el proyecto el Sistema de Alertas Glaciares AvanZado (SAGAZ).
SAGAZ propone una solución basada en ciencia aplicada y tecnología desarrollada localmente. Busca generar información con días de anticipación, frente a cambios que puedan aumentar la probabilidad de inundaciones repentinas asociadas a lagos glaciares, en Aysén y Magallanes. Para lograrlo, necesita una red de monitoreo que permita, en trabajo coordinado con instituciones públicas y privadas, obtener datos en terreno; crear modelos predictivos, y comunicar el riesgo. Desde noviembre de 2020 –en la Laguna de los Témpanos, Campo de Hielo Norte– hasta hoy, ha logrado fabricar e instalar una red operativa de 11 estaciones vinculadas con la red estatal.
Ante la tragedia ocasionada por el desprendimiento de un glaciar en el Himalaya el pasado 26 de agosto, el Dr. Rada compartió con gaceta Polo sus reacciones. Cuenta que en la Patagonia ya habido situaciones similares, en lugares cada vez menos remotos.
“Si bien aún no conocemos el mecanismo exacto detrás de la impactante tragedia ocurrida ayer en Nepal y China, sí sabemos que estuvo asociada a un derrumbe de roca y hielo originado en las altas montañas de Nepal, una región ampliamente cubierta por glaciares.
Este tipo de derrumbes puede volverse más frecuente a medida que los glaciares retroceden. Al retirarse el hielo, las paredes rocosas que durante largo tiempo estuvieron sostenidas por este pierden ese soporte y quedan expuestas a procesos de descompresión y erosión que, eventualmente, pueden desencadenar derrumbes de gran magnitud.
Este fenómeno no es exclusivo del Himalaya. Ocurre en regiones montañosas con glaciares en todo el mundo, y Chile no es la excepción. En particular, la Región de Magallanes, con 7.056 glaciares, concentra el 50% de la superficie glaciar del país y presenta extensas áreas montañosas, cuyo dramatismo atrae turistas de todo el mundo, al igual que en Nepal. Estas montañas cubiertas de glaciares se encuentran a lo largo de los Andes hacia el norte, incluyendo las regiones centrales del país, donde numerosos sectores de alta montaña albergan glaciares y ambientes que experimentan transformaciones aceleradas.
Derrumbes como el ocurrido en Nepal —aunque en este caso de una magnitud propia del Himalaya— también ocurren con frecuencia en Chile. La diferencia es que la inmensa mayoría de ellos tienen lugar en zonas remotas y escasamente habitadas, provocando inundaciones en valles poco conocidos o tsunamis en fiordos raramente visitados. Por ello, sus consecuencias muchas veces pasan inadvertidas para gran parte de la población y rara vez llegan a las noticias.
Sin embargo, es cuestión de tiempo para que alguno de estos fenómenos ocurra en un lugar donde sus consecuencias sean mucho mayores. No nos olvidemos de las 22 víctimas que dejaron su vida en Villa Santa Lucía el año 2017, producto de un fenómeno similar al observado en Nepal. A esto se suma que el crecimiento del turismo, de la industria y de la infraestructura nacional está llevando cada vez más personas y obras a territorios expuestos a este tipo de amenazas.
Un ejemplo claro es la ruta X-728 del valle del río Exploradores, construida hace apenas unas décadas y que ya ha sido escenario de múltiples inundaciones de origen glaciar. El evento de octubre de 2018, que mantuvo interrumpido el tránsito durante aproximadamente cuatro meses, presentó un mecanismo muy similar al observado ahora en Nepal. Asimismo, se proyectan o construyen nuevas rutas en la Región de Magallanes, que incluyen aquellas hacia el fiordo Staines y hacia Yendegaia, atravesando territorios potencialmente expuestos a fenómenos de este tipo. Y el Paine, la joya del turismo regional, también ha sufrido inundaciones catastróficas de origen glaciar; afortunadamente, estas ocurrieron en un tiempo en el que las visitas diarias se podían contar con los dedos. Pero tarde o temprano habrá otras inundaciones, y está en nuestras manos prepararnos para que estas se midan en metros cúbicos en lugar de víctimas.
Por ello, acontecimientos como este deben servir para tomar conciencia del territorio que habitamos y de cuán dinámica puede ser la naturaleza, especialmente en un contexto de cambio climático acelerado. Es fundamental incorporar estos riesgos en la planificación de nuestra infraestructura y del crecimiento de nuestras comunidades, educar a las personas para que reconozcan e interpreten las señales del entorno y fortalecer los sistemas de monitoreo, alarma y alerta temprana que permitan reducir las consecuencias de futuras catástrofes.
Las impactantes imágenes de Nepal ilustran trágicamente cómo un sistema de alerta que pueda anticipar una inundación tan sólo unos minutos, puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte”.
