Del río de la infancia a los congresos científicos, el ilustrador chileno Alonso “Loncho” Salazar reflexiona sobre el rigor, la colaboración con investigadores y el rol del dibujo como puente entre la ciencia y la comunidad, a partir de su participación en ICHA 2025.

 

La ilustración científica volvió a ocupar un lugar central como herramienta de mediación entre el conocimiento especializado y la experiencia cotidiana, gracias a la invitación que se hizo a uno de los artistas participantes de la vigésimo primera Conferencia Internacional de Algas Nocivas, ICHA 2025, celebrada en Punta Arenas a fines de octubre pasado.

Alonso no paró de dibujar mientras exhibía su trabajo en ICHA 2025.

Alonso Salazar, conocido como “Loncho”, es dibujante e ilustrador chileno cuya trayectoria se ha construido desde una infancia rural profundamente marcada por la observación directa de la naturaleza hasta un trabajo profesional estrechamente vinculado con investigadores, museos y proyectos científicos.

Salazar nació y fue criado en Peumo, comuna rural de la Región de O’Higgins, en un entorno donde el contacto con el paisaje no era una experiencia ocasional, sino una forma de vida. “Ahí nací, me crié en una casa en la que los únicos vecinos estaban a 3 kilómetros”, recuerda. Sus recorridos de infancia transcurrían entre la ribera del río, las piedras y los pájaros, una experiencia que fue sedimentando una sensibilidad temprana hacia la fauna y los ciclos naturales. “Desde niño fui tomando toda esa carga que me daba la naturaleza”.

El dibujo apareció de manera paralela y persistente, incluso en contextos de escasez material. “Me entretenía dibujando, a veces con muy pocos recursos”, señala, relatando cómo fabricaba sus propias acuarelas a partir de témperas desechadas. Esa vocación temprana no fue necesariamente advertida por su entorno familiar. 

Tras esa infancia, su formación combinó estudios de diseño, cursos como alumno libre en una universidad y el paso por la academia de un pintor, sumando cerca de cinco años de aprendizaje formal. En paralelo, realizó trabajos diversos para sostenerse económicamente, desde ilustración editorial hasta labores nocturnas de cuidado en un colegio. “El trabajo del ilustrador es bien diverso”, afirma, describiendo encargos que iban desde libros y cartas de mitos hasta textos escolares.

Un punto de inflexión ocurrió a mediados de los años noventa, cuando participó en un proyecto —finalmente inconcluso— de una enciclopedia de la fauna de Chile. Aunque el trabajo no prosperó, fue decisivo en su orientación vital. “Ese trabajo vino a consolidar lo que yo realmente quería hacer con mi vida”, explica. En ese proceso emergió con fuerza una inquietud clave: la necesidad de rigor. “Yo ya estaba intuyendo que si hacíamos algo, tenía que tener cierto rigor”. En una época con escaso acceso a bibliografía especializada y con internet apenas iniciándose, esa exigencia se volvía aún más compleja.

El escenario de los congresos científicos

Loncho con su pareja en el casino Dreams de Punta Arenas.

Años más tarde, ya junto a su compañera de vida y trabajo, comenzó a asistir a congresos científicos, partiendo en 2014 con el Congreso de Ornitología en Coquimbo. La recepción de sus ilustraciones entre especialistas fue un hito: “Ahí me di cuenta que tenían buena aceptación entre los especialistas, que era una forma de validarte”. Desde entonces, su producción se ha multiplicado en publicaciones, museos y proyectos de investigación, especialmente en el ámbito de los reptiles, un grupo que reconoce como una de sus mayores pasiones.

Para Salazar, la ilustración cumple un rol clave como puente entre la ciencia y la comunidad. “Sirve mucho como ese puente que es necesario para la gente conocer lo que tienen en su entorno”, sostiene. La experiencia de pintar murales en colegios y espacios públicos revela ese impacto directo. “Hay mucha gente que pregunta, ¿y esto hay acá?”. En especies de hábitos nocturnos, como los felinos, la imagen se vuelve una herramienta de reconocimiento y cercanía.

Su trabajo con la Alianza Gato Andino es un ejemplo de ese cruce entre arte, educación y conservación. “Se cree que quedan 1.500 gatos, en los cuatro países… le dicen el fantasma de los Andes, porque verlo es prácticamente imposible”. Sin embargo, en un colegio de San Felipe, la experiencia fue distinta. “Cuando preguntamos quién lo conocía, todos los niños levantaron la mano. El gato había bajado y se había paseado por el jardín”. Para Salazar, estas escenas confirman el valor pedagógico y cultural de la ilustración científica.

En ICHA 2025, su participación marcó además una apertura hacia nuevos mundos visuales. Por primera vez ilustró microalgas, un campo hasta entonces inexplorado en su trayectoria. “En el mundo de las microalgas no me había metido. Es fascinante y es diverso en formas”. Aunque cuenta con una vasta experiencia en fauna marina —peces, tiburones y otros organismos—, reconoce este encuentro como una puerta de entrada a nuevas exploraciones gráficas. “Ahora lo estoy conociendo un poco”, afirma, destacando la riqueza estética y científica de este universo microscópico.

Si quieres conocer más su trabajo, visita su perfil de Instagram.

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