Entre microscopios y hornos de cerámica, Jacqueline Parada convierte organismos invisibles en esculturas tangibles que fascinan a científicos y al público general. Su obra, nacida del cruce entre la observación marina y el arte manual, revela la belleza microscópica del océano y demuestra cómo la divulgación científica también puede modelarse con las manos.  

 

La trayectoria de Jacqueline Parada Martínez se remonta a su infancia en Santiago jugando con barro, y culmina en una fascinante fusión entre la ciencia marina y la cerámica, trabajo que hoy denomina “Ciencia hecha a mano”. 

Su formación inicial la desarrolló en Talcahuano, donde cursó la carrera de Tecnología en Recursos del Mar. Mientras estudiaba, un compañero notó sus detallados dibujos en su cuaderno de laboratorio de algas, y le presentó a Mario George-Nascimento Failla, un investigador del área de ecología del parasitismo, reconocido por sus dibujos científicos con la técnica del puntillismo. Aunque inicialmente consideró sus propios intentos “horribles”, admiraba la capacidad de Nascimento para dar volumen con unos pocos trazos.

Luego vino una larga carrera laboral en el Instituto de Fomento Pesquero (IFOP), donde se siguió relacionando con los organismos marinos. Hoy, esta creadora ha encontrado su nicho artístico en la representación tridimensional (3D) de microalgas, mamíferos marinos y otros sujetos invisibles para el ojo común. Fue una de las artistas por la ciencia que expuso su trabajo en la versión número 21 de la Conferencia Internacional de Floraciones de Algas Nocivas, ICHA 2025, realizada durante el mes de octubre en Punta Arenas.

De la goma EVA a la arcilla 

Jacquie sigue haciendo imanes de goma con motivos marinos.

Su inquietud se mantuvo durante su etapa laboral. Su intención era vender su trabajo. “Yo decía, pucha, crear algo para los turistas. Entonces, voy a ocupar los materiales que tengo en la casa. Por mi hija tenía goma EVA, pintura. Hice unas máscaras de los espíritus Hain, y resultaba bien. Un amigo en Puerto Natales, dueño de un hostal, puso una de mis piezas en el refrigerador blanco, y el contraste con el negro se veía tan bonito que ahí se me ocurrieron los magnéticos”. 

El cambio definitivo hacia la cerámica se produjo en 2011, cuando conoció a la fallecida artista regional Lenka Guisande Díaz. “Estaba en una feria con mis magnéticos y al lado mío se instaló Lenka, que promocionaba sus cursos. Cuando vi sus piezas dije: ‘Esto es lo que he querido hacer toda mi vida’. Se suponía que iba por un mes, pero me quedé un año. Se transformó en una pasión, un vicio”.

Inspirada por el trabajo de sus compañeros de IFOP, quienes analizan muestras de agua e identifican microalgas, la artista decidió modelar la primera microalga, la Dinophysis. Lenka la guió en la técnica correcta, asegurándose de que la pieza fuera ahuecada “para que se secara uniformemente, y no quedara pesada”.

Para lograr la precisión necesaria, la artista utiliza fotografías de microscopio electrónico —que ofrecen la nitidez y el detalle requeridos— además de esquemas vistos desde todos los ángulos. Consulta a los científicos para interpretar correctamente los detalles, como determinar si una línea en un esquema es un surco o una pestaña. “En este proceso me di cuenta de que lo que uno interpreta no siempre es la realidad. Por eso consulto con mis colegas; conversamos y aprendemos juntos”.

Arte como divulgación científica

La artista utiliza la cerámica para contar la historia de las microalgas, incluyendo aquellas que producen toxinas y causan las mareas rojas. “La idea de esto era mostrar lo que es invisible a los humanos. Las microalgas solo se pueden ver con un microscopio, y en cambio en estos formatos 3D tú puedes contar la historia: ‘Mira, esta es una microalga que produce toxinas, que puede afectar al hombre.’ Eso también sirve como divulgación”.

Curiosamente, la tridimensionalidad de sus modelos permite incluso a algunos científicos ver y palpar organismos que solo han visto en fotografías o muestras estáticas. “Siento que esto es una conexión entre el arte, el mundo científico y el común de la gente. Siempre se habla de cómo bajar el conocimiento para el resto de las personas, y creo que las distintas formas de arte vinculadas con la ciencia son ese puente”.

La artista se resiste a la producción en serie, buscando que cada pieza sea única. Aunque utiliza un molde base para mantener el tamaño uniforme de piezas como la Dinophysis, todos los detalles son trabajados por unidad. “No me gusta usar moldes para no hacer cosas seriadas y sin vida. Si uso alguno, es sólo una base, pero todos los puntitos los hago uno a uno. Es que si tú adquieres una pieza, esa pieza es única, porque la tomé en mis manos y la trabajé una a una”.

Éxito en congresos especializados

Jacqueline con el grupo “Artistas por la ciencia”, que expusieron sus trabajos en ICHA 2025.

La relevancia de su trabajo -que ha bautizado con el nombre de Ciencia hecha a mano- ha trascendido el ámbito artístico, llevándola a participar en diversos encuentros científicos nacionales e internacionales. Su primera exposición de microalgas se realizó en el Congreso de Ciencias del Mar 2012, organizado por la Universidad de Magallanes, donde recibió comentarios directos de especialistas que valoraron el rigor y la originalidad de sus piezas. 

Ese reconocimiento inicial le abrió las puertas al Simposio Internacional del Foraminífero, al que fue invitada tras su presentación en 2012. Allí conoció a la escultora y ceramista Fernanda Oyarzún, con quien más tarde impulsó la Expo-Feria de Arte y Ciencia, un espacio permanente en los congresos de Ciencias del Mar que reúne a artistas e investigadores dedicados a vincular el arte con la ciencia, entre ellos, los ilustradores Alonso Salazar, Felipe Portilla y la bióloga Sara Alderstein.

Además, su obra ha estado presente en otros eventos especializados, como el Congreso Geológico Chileno, donde presentó piezas “paleo” inspiradas en amonites; un simposio de poliquetos, centrado en gusanos marinos; un congreso de repoblamiento y otro dedicado a los otolitos, estructuras calcáreas alojadas en la cabeza de los peces que permiten determinar su edad y crecimiento. Cada una de estas instancias ha fortalecido el diálogo entre ciencia y arte que impulsa su trabajo, consolidando su aporte como puente entre ambos mundos.

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