La III Conferencia Internacional del CHIC en Puerto Williams, fue el escenario donde el filósofo Martín Llancamán, propuso una mirada de respeto y justicia para repensar las relaciones entre especies, culturas y territorios, desde el concepto de Azmapu. La filosofía mapuche entra en este debate, planteando la importancia de la reciprocidad, la verdad y el equilibrio.
Martín Llancamán Cárdenas es Magíster y doctorando en Filosofía de la Universidad de Chile. Además de ser autor de diversos artículos científicos, escribió el libro “Autonomía mapuche. Filosofía política desde el sur”, prologado por la escritora Daniela Catrileo, y publicado por la editorial Pehuén en 2024.
El académico mapuche fue uno de los expositores en la III Conferencia Internacional del Cape Horn International Center (CHIC). Su presentación, titulada “Azmapu: reciprocidad y ética comunitaria en contextos de conservación biocultural”, se articuló como un puente entre la filosofía política, la ética relacional y las prácticas culturales del pueblo mapuche, en diálogo crítico con el paradigma occidental dominante y los debates contemporáneos sobre justicia interespecie.
Azmapu, explicó Llancamán, es una noción compleja que significa tanto “rostro de la tierra” como “orden de las cosas”, y contiene dimensiones ontológicas, normativas y estéticas. “Es una forma de concebir la naturaleza, de concebir cómo nos comportamos unos con otros y con las demás formas de vida”, afirmó. Desde esta perspectiva, propuso entender la ética no como un sistema cerrado de reglas universales, sino como una práctica relacional anclada en la reciprocidad, el equilibrio y el reconocimiento mutuo.
Devolver la mano: una ética de la reciprocidad no idéntica
Uno de los principales aportes de Llancamán fue la reivindicación del principio mapuche de la reciprocidad como base ética. No se trata, explicó, de una reciprocidad de equivalencia idéntica, sino de un sistema de ida y vuelta que ordena la vida comunitaria con base en acciones equilibradas, aunque distintas. “Uno no devuelve comida con comida, necesariamente. Puede devolver con compañía, con canto, con cuidado”, aclaró.

Llancamán ejemplificó esta idea con prácticas como el mingaco, las visitas familiares, el ngillatún y otras formas de colaboración comunitaria que construyen compromisos humanos duraderos. En estas acciones, sostuvo, se forjan relaciones profundas no mediadas por el intercambio económico, sino por el afecto, la responsabilidad y el equilibrio.
Incluso en el trato hacia los animales, esta lógica relacional permite una ética distinta a la de los derechos individuales. “Nuestra forma de cuidar a los animales, aunque incluya su sacrificio, también puede ser pensada éticamente, si se basa en una reciprocidad significativa y un cuidado real”, reflexionó. Frente a la crítica de la ética animal contemporánea —planteada en la ponencia de la Dra. Angélica Velasco—, el filósofo mapuche defendió la posibilidad de abrir un debate intercultural sobre los lenguajes éticos, siempre que se funden en principios comunes como el respeto y la verdad.
La verdad histórica como base de la convivencia futura

En entrevista con gaceta Polo, el filósofo subrayó que los desafíos de la conservación biocultural en territorios como Puerto Williams, no pueden disociarse de su historia. “Es sano, en materia de convivencia, tener claro que las sociedades necesitan de verdad histórica”, afirmó. A su juicio, no es posible construir proyectos colectivos sustentables sin reconocer las violencias pasadas, como la ocupación y el desplazamiento de pueblos originarios. “Para sanar, para reparar el futuro, hay que reconocer las cosas tal como sucedieron”.
Esta mirada se enlaza con su propuesta de comunidad política basada en la justicia y el respeto por las diferencias. Puerto Williams —sostuvo— representa una oportunidad en este sentido, al ser un territorio en que conviven comunidades yaganes, culturas navales y poblaciones chilenas de distintos orígenes. “Las cuestiones de convivencia son, en el fondo, un desafío y también una oportunidad”, concluyó.
Ciencia significativa, arte implicado

Finalmente, Llancamán planteó un desafío concreto para la comunidad científica, especialmente aquella reunida por el CHIC: evitar el aislamiento de sus investigaciones, y fortalecer el vínculo con la sociedad. “La ciencia tiene que ser significativa. No puede estar desconectada de lo social”, advirtió. Reivindicó la necesidad de que científicos y científicas desarrollen labores de vinculación, y construyan lazos reales con las comunidades, superando la percepción de que la ciencia es un privilegio ajeno a las preocupaciones cotidianas.
En esta tarea, también incluyó a las artes como lenguaje complementario para acercar saberes y sensibilidades. Su participación, en este contexto, fue un llamado a repensar el rol de la filosofía, la ciencia y el arte desde una ética de la reciprocidad, el equilibrio y la verdad histórica.




