Un estudio dirigido por científicos de la Universidad de Magallanes en Puerto Williams, documentó ataques en aguas subantárticas de orcas a ballenas Sei, una especie en peligro según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Durante dos veranos consecutivos, entre 2020 y 2021, se registraron tres ataques, todos liderados por una misma orca hembra. 

Estos hallazgos son notables debido a la escasez de registros previos de depredación de orcas a grandes ballenas en esta región, y a la colaboración con la comunidad local en la investigación de estos eventos.

Las orcas (Orcinus orca) son conocidas como los mayores depredadores de los océanos. Con un peso que puede superar las cinco toneladas, y un tamaño que llega hasta los nueve metros, se alimentan de una amplia variedad de presas, que van desde peces hasta mamíferos marinos. Cazan en grupos familiares de hasta 40 individuos, clasificados en poblaciones residentes o transitorias. Los primeros tienden a preferir los peces, mientras que los transitorios, a los animales más grandes. 

Los ataques documentados de orcas a ballenas, como las Sei (Balaenoptera borealis), son relativamente escasos. Pero hace un par de años, se registraron seis eventos de depredación de esta especie catalogada como “en peligro” por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), por parte de un grupo de orcas. Los hechos ocurrieron en el Canal Beagle, cuerpo de agua de más de 190 kilómetros que separa Tierra del Fuego de la Isla Navarino, y que es parte de la Reserva de la Biosfera del Cabo de Hornos. Tres de estos sucesos ocurrieron muy cerca de Puerto Williams, y pudieron ser observados y registrados a muy pequeña distancia por la comunidad.

Investigadores de la Universidad de Magallanes (UMAG) que trabajan en el Centro Internacional Cabo de Hornos para Estudios de Cambio Global y Conservación Biocultural (CHIC), ubicado en dicha ciudad, fueron testigos de estos sucesos. Elke Schüttler, Melisa Gañan, Omar Barroso, Tamara Contador, Diego Illanes, Gabriel Muñoz-Araya, María-José Palma, María-José Pérez-Álvarez, Maritza Sepúlveda y Javier Rendoll-Cárcamo, publicaron recientemente en la revista Aquatic Mammals, un estudio consistente en una compilación de fotografías y videos tomados por los autores o por parte de observadores locales.

Dra. Elke Schüttler.

La publicación del artículo es especialmente relevante, dada la escasez de literatura previa sobre ataques a ballenas Sei en esta región, pues este tipo de interacción entre orcas y ballenas grandes ha sido, raramente, observado en aguas de latitudes altas. Previamente, sólo se había documentado un ataque a una ballena Sei en el Golfo de Penas, y los registros de ataques a ballenas de aleta también son limitados. “Para la Universidad de Magallanes, esta publicación es importante porque demuestra que estamos atentos a cualquier evento fuera del plan, trabajando en una sede tan extrema”, explica Schüttler. 

¿Cómo se producen los ataques?

Durante dos veranos australes consecutivos, entre 2020 y 2021, en este canal se observaron distintos ataques a ballenas Sei, donde la misma hembra de orca -identificada por tres cicatrices en su aleta dorsal- participó en todos los eventos. La calidad del material audiovisual no permitió la identificación de otros individuos. Sin embargo, Schüttler afirma que “siempre vimos a la misma orca hembra liderando el grupo, lo que sugiere que podría tratarse de un grupo familiar con una estructura matriarcal”.

Este comportamiento es consistente con descripciones previas donde se han visto involucradas otras especies de ballenas barbadas, pues la Dra. Elke Schüttler y el Dr. Javier Rendoll, explican que los ataques de orcas a ballenas suelen involucrar a hembras y ejemplares juveniles, en una estructura de organización donde los machos se mantienen en la periferia. 

En dos de los tres eventos documentados, la caza resultó en la muerte de la ballena Sei, y en el caso de un ataque a una ballena de aleta, los restos del cuerpo mostraron marcas de dientes de orca. Este patrón de comportamiento sugiere que las orcas no solo atacan para alimentarse, sino que también pueden estar involucradas en actividades de enseñanza, donde las hembras transmiten técnicas de caza a las crías.

En cuanto a las estrategias de defensa de las ballenas Sei, los investigadores observaron que, en algunos casos, intentaban huir a gran velocidad, mientras que en otros ataques, las condiciones geográficas del área, como la presencia de estuarios estrechos, limitaron sus opciones de escape. Este tipo de comportamiento defensivo ha sido documentado en otras especies de ballenas barbadas, que suelen optar por la huida o la formación de grupos. 

Patrones de alimentación selectiva 

Dr. Javier Rendoll-Cárcamo.

Uno de los hallazgos del estudio tiene que ver con el comportamiento alimenticio de las orcas. En los casos registrados, los científicos observaron que las orcas no consumen a las ballenas en su totalidad. En algunos ataques, solo se alimentaron de partes específicas como la lengua, los labios y el vientre. “Sugerimos que podría ser un comportamiento más relacionado con la enseñanza que con la alimentación en sí”, dice Rendoll, apuntando a posibles estrategias de caza y aprendizaje dentro del grupo de orcas.

Esta conducta ha sido observada en otras partes del mundo, como en el caso de orcas que cazan tiburones blancos en el Golfo de México, donde sólo se alimentan del hígado de sus presas. Estos patrones de alimentación selectiva sugieren una sofisticación en las estrategias de caza de las orcas, adaptadas a sus necesidades nutricionales y las oportunidades disponibles en su entorno.

En este caso, los científicos consideraron relevante la coincidencia en el tiempo con la pandemia por COVID-19. Durante este período, el tráfico de cruceros y buques de carga en el Canal Beagle se redujo significativamente, lo que pudo haber contribuido al aumento de avistamientos de orcas y otras especies marinas en la región. Investigaciones previas han señalado que las especies marinas tienden a mostrarse más activas en entornos menos perturbados, lo que podría explicar la frecuencia de los ataques documentados durante estos años. 

El estudio concluye que es necesario llevar a cabo investigaciones a largo plazo para comprender mejor la ecología trófica de las orcas en esta región, contemplando su plasticidad dietética en un mundo marino en constante cambio. Asimismo, se sugiere que algunos de los eventos de mortalidad masiva de ballenas Sei, como los observados en 2017 y atribuidos a floraciones de algas tóxicas, podrían haber sido causados, al menos en parte, por ataques de orcas.

Colaboración comunitaria y conservación

Según Schüttler y Rendoll, pescadores y residentes de Puerto Williams jugaron un papel crucial en el registro de estos eventos, pues la visita de estas orcas llamó la atención de la comunidad local, que capturó fotografías y videos, compartidos posteriormente con los científicos. “Fue un trabajo bonito, donde también recibimos el apoyo de la pesca artesanal”, señala uno de los científicos, destacando la importancia de las observaciones comunitarias para complementar los esfuerzos científicos.

Este enfoque permitió la creación de un relato más amplio y completo sobre el comportamiento de las orcas en la región, mostrando que la colaboración entre ciencia y comunidad puede ser clave para comprender fenómenos naturales complejos. “Un observador puede tener una visión limitada, pero cuando varias personas ven lo mismo y cuentan la historia desde diferentes ojos, se consigue un resultado mucho más completo”, agrega el investigador.

El estudio también resalta la importancia de seguir documentando este tipo de eventos para aportar a la conservación de las especies. “Aunque estos ataques son impactantes, también nos proporcionan datos valiosos sobre los patrones de movimiento y comportamiento de las ballenas en la región”, comenta el equipo. El hecho de que este tipo de observaciones se haya realizado en un territorio poco habitado, como el Canal Beagle, refuerza la necesidad de mantener un monitoreo constante.

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