Una pionera investigación de campo compara zonas con estrés glacial con aquéllas afectadas por marea roja crónica. El estudio de la correlación entre el estrés ambiental y la modificación en la manera de alimentarse de cholgas y ostiones, revela la resiliencia de los fiordos de Magallanes frente al cambio global.
El dicho “Eres lo que comes” expresa la importancia del alimento en la vida humana. Aunque al parecer también podemos ocuparlo para hablar de los organismos acuáticos, cuando comprobamos que su dieta registra la memoria biogeoquímica del mar.
Así se deduce de la investigación que está liderando Claudia Daniela Andrade Díaz, en el Laboratorio de Ecología Funcional (LEF) del Instituto de la Patagonia, Universidad de Magallanes (UMAG). Esta Doctora en Ciencias Naturales por la Universidad de Bremen (Alemania, 2016), experta en ecología nutricional y biología marina, centra su actual proyecto Fondecyt de Iniciación en el rastreo del impacto de las Floraciones Algales Nocivas (FAN) -comúnmente conocidas como marea roja- en las comunidades bentónicas, es decir, las que viven en el fondo del mar.
Este trabajo pretende desentrañar cómo el constante asedio ambiental reorganiza las redes tróficas, en particular, cómo afecta a las especies marinas más importantes de la región. Su análisis se centra en la alimentación de dos bivalvos de alto valor biológico y económico en la región: la cholga (Aulacomya atra) y el ostión (Austrochlamys natans). Estas especies fueron elegidas por su importancia como recurso biológico, y porque se encuentran altamente monitoreadas en las áreas de estudio.
Recientemente, presentó los primeros resultados en modalidad Ignite (formato de presentación rápida) y póster en la Conferencia Internacional ICHA 2025, y dio una entrevista a gaceta Polo para compartirlos con la comunidad.
El uso de marcadores químicos y las zonas de contrastes
El proyecto de la Dra. Andrade busca entender las respuestas ecológicas de estos organismos sometidos a condiciones extremas, a través de marcadores químicos, es decir, de sustancias o moléculas que se utilizan como indicadores de procesos químicos, biológicos o patológicos. Para ello, el equipo utiliza sofisticadas herramientas de análisis, como los ácidos grasos y los isótopos estables, los cuales permiten mapear las estrategias alimentarias de las especies.
Preliminarmente, el equipo se enfocó en la señal de isótopos estables, para responder una pregunta concisa, que vincula la biología de los organismos con la salud del ecosistema, que es “si es que la flexibilidad dietaria que tienen los organismos puede ser una manera de estudiar la resiliencia que tienen los ambientes de fiordos en Magallanes”.
Para responder a esta interrogante, se diseñó un muestreo comparativo entre dos tipos de ambientes diametralmente opuestos. Uno de ellos corresponde a zonas con un estrés crónico de Floraciones Algales Nocivas, principalmente, cercanas a Puerto Natales, en la Reserva Nacional Kawésqar. Estas poblaciones se compararon con aquéllas que habitan en zonas de glaciares –que son ecosistemas más prístinos y posiblemente menos afectados por el estrés crónico de FAN– específicamente, en el Parque Marino Francisco Coloane y en el fiordo Parry, ubicado en Seno Almirantazgo.
La Dra. Andrade destaca la dificultad y el valor de este enfoque en campo. “Entre un área y la otra hay 500 kilómetros, 600 kilómetros de distancia. Entonces, el impacto de esta variabilidad espacial es grande”, valoró.
La metodología adoptada es novedosa, ya que, según la investigadora, los estudios tradicionales sobre FAN suelen realizarse mediante experimentos de laboratorio. “Nosotros acá estamos mostrando resultados que provienen de muestreos, que se han hecho en esta zona remota y tan grande”.
La dieta como indicador de adaptación
Los resultados preliminares del estudio revelan una clara diferencia en las estrategias de alimentación de los bivalvos, reflejada en la distribución espacial del carbono y el nitrógeno en los tejidos de cholgas y ostiones.
En los ambientes de fiordos, particularmente en zonas como Parry, los bivalvos muestran una adaptabilidad superior. La Dra. Andrade detalla este hallazgo, afirmando que “las especies tienden a tener una amplitud de nicho isotópico que se llama, y que esto quiere decir que pueden tener acceso a una mayor diversidad trófica, o sea, de recursos alimenticios, lo que podría ser una señal de adaptación que están teniendo las especies en esas condiciones ambientales”.
El escenario es distinto en las áreas de estrés crónico por FAN. Aquí, la disponibilidad de recursos alimenticios se ve reducida, forzando a las especies a una estrategia de supervivencia más limitada. “En las zonas de floración donde hay registros, encontramos que las especies presentan una amplitud de nicho muy reducida, lo que podría ser consecuencia de una especialización trófica que están teniendo las especies, o sea, quiere decir que tienen menor disponibilidad de recursos alimenticios”, afirmó la investigadora.
Esta correlación entre el estrés ambiental y la modificación en la manera de alimentarse de los organismos, es un indicio crucial. Para la comunidad científica, esto es vital, ya que estos resultados “son indicios de posibles respuestas que tienen los organismos frente al cambio climático”. Actualmente, el equipo complementa este análisis de isótopos con el estudio de ácidos grasos, buscando determinar si existe también un efecto nutricional diferenciado entre las zonas con presencia glacial y aquéllas con FAN.
El rol de los bivalvos
Aunque la cholga y el ostión son importantes recursos pesqueros, la Dra. Andrade enfatiza que su rol ecológico trasciende el valor comercial. La relevancia de esta investigación para la vida humana radica en la comprensión profunda de la función de estos organismos en el sistema.
“Los bivalvos, como los ostiones y las cholgas, siempre han sido considerados más importantes como recursos, pero tienen otra importancia en el sistema, que son ingenieros ecosistémicos,” subraya Andrade. Esto significa que, si estas especies desaparecieran, la biodiversidad del área disminuiría drásticamente.
Además, los bivalvos cumplen un papel crucial en la red alimentaria y la química marina. “Su rol como filtradores, su rol como purificadores del océano, va más allá, porque ellos aparte traspasan el carbono al resto de la trama trófica por medio del consumo”, señala la investigadora. Conocer su función es fundamental, dice, pues “no son solamente recursos, no solamente filtran, sino que traspasan carbono, y también ellos pueden cambiar su rol convirtiéndose en un vector de toxicidad”.
La investigación incluye la colaboración con la iniciativa “Red de Investigación en Sustentabilidad de las Universidades del Estado de Chile” proyecto Diagnóstico de Sistemas Educativos (RISUE) del Ministerio de Educación, coordinado por el Dr. Cristian Aldea (UMAG), y con la colaboración internacional del Catedrático Dr. Jesús Troncoso de la Universidad de Vigo (España), junto a tesistas de pregrado y postgrado, entre otros. Se proyecta que el entendimiento de la flexibilidad trófica de estas especies servirá como un indicador fundamental de la resiliencia ecológica, advirtiendo sobre posibles “colapsos, por ejemplo, de otras poblaciones” si estos organismos clave desaparecen.
Este estudio se posiciona como una base sólida para futuros trabajos sobre resiliencia trófica en ambientes extremos, abriendo la puerta a colaboraciones para seguir explorando la dinámica vital de los ecosistemas subpolares.


