¿Es necesario someter a tanto dolor a los corderos destinados a ser alimento y abrigo? Esa pregunta se están haciendo académicos del Departamento de Ciencias Agropecuarias y Acuícolas de la Universidad de Magallanes. En conjunto con estudiantes de la carrera de Agronomía, están analizando lesiones en la esquila, métodos de corte de cola y la necesidad de repensar la castración en la ganadería ovina local.

 

Ricardo Echeverría

El bienestar animal ha ido ganando espacio en la agenda pública y en las preocupaciones de los consumidores. En la región de Magallanes, un territorio con más de 150 años de tradición ovina, esta conversación se cruza directamente con la producción ganadera. Desde hace dos años, un equipo de la Universidad de Magallanes (UMAG) indaga en prácticas comunes del sector, como la esquila, el corte de cola y la castración, con el objetivo de comprender sus impactos y abrir un debate informado.

Ricardo Echeverría Pérez, académico del Departamento de Ciencias Agropecuarias y Acuícolas de la Facultad de Ciencias, explica que “si bien las asignaturas que llevamos en general son del área animal, hay una línea en que estamos trabajando hace dos años que es bienestar. Y dentro de eso tratamos de enfocarnos en lo que es el área ganadera, específicamente en aquellos procedimientos que son comunes en la ganadería ovina local, llámese esquilas, cortes de cola, cortes de oreja, marcajes en general, que se realizan año a año”.

Lesiones en la esquila: entre la velocidad y la experiencia

Uno de los ejes de la investigación ha sido el análisis de las laceraciones que pueden producirse durante la esquila. Las lesiones observadas van desde cortes superficiales hasta heridas de entre 2 y 7 centímetros, asociadas al tipo de maquinaria de esquila. Aunque no se han evidenciado impactos económicos inmediatos, persiste la duda sobre posibles consecuencias en la alimentación o en la aparición de infecciones.

Estudiante comprendiendo el proceso de esquila. Estancia Zunilda, 2025

Para ello, los investigadores han observado de cerca variables como la velocidad de los esquiladores, su nivel de experiencia y el estado fisiológico de los animales. “Al inicio pensábamos que, por ejemplo, la velocidad de esquila, cuanto más rápido lo hagas pudiese generar más lesiones en el animal, y la verdad es que encontramos cosas diferenciales. Parece que está más asociado a la expertise propiamente tal, situación que nos preocupa, porque no existe una capacitación formal, constante, definida para los esquiladores locales”, señala Echeverría.

El estudio también ha arrojado hallazgos inesperados sobre las ovejas gestantes. “Pensábamos inicialmente que los animales gestantes que están en esquila-preparto pudiesen ser mucho más susceptibles a lesiones, y los datos nos están dando cosas diferentes. Parece que hay un mejor trato en aquellos animales. Son premios o estrellas a la ganadería local que ayudan a mejorar la imagen en ese sentido”, agrega.

El corte de cola: dolor prolongado y prácticas extendidas

Elastrador

Otro procedimiento en evaluación es el corte de cola. Echeverría recuerda que se ha probado históricamente con cuchillos, tijeras cauterizadoras y el uso de goma (elastrador). El elastrador es una pinza cuya función es abrir o dilatar un anillo de goma. El tejido de la cola o los testículos se pasa a través del anillo para liberarlo sin sangramiento, haciendo que se seque y caiga.

“Uno siempre piensa que el cuchillo por ser sangriento y por ser más expresivo en ese sentido pudiese manifestar más dolor, pero los resultados de comportamiento nos dimos cuenta que la goma era la agente que generaba mayor molestia, no solamente las primeras 24 horas sino que, al parecer, se proyectaba por alrededor de dos semanas”.

La práctica con goma, sin sangramiento, se aplica en el 80% de los casos de la región, pero implica sufrimiento prolongado. Esto plantea una pregunta de fondo: ¿es necesario cortar la cola? “Quizás la respuesta va más por ese lado, no lo sé todavía. Somos una región relativamente seca, sin acumulación de cascarria ni parásitos asociados en esa zona, por lo tanto quizás la respuesta principal quizás no es cortar cola”, plantea el académico.

La investigación se desarrolla junto a estudiantes de la UMAG, quienes aportan con trabajos de campo y nuevas líneas de análisis. Josttin Alejandro Navarro Velásquez, alumno de tercer año de Agronomía, se ha enfocado en la evaluación del bienestar animal en la esquila. Pía Castro, estudiante de quinto año de la misma carrera, trabaja en el establecimiento de una línea base para la evaluación del bienestar animal en predios. Y Martina Cárdenas Cvitanic, también alumna de tercer año, avanza en la construcción de un programa de evaluación predial de bienestar animal en la región de Magallanes.

Martina refuerza la crítica a esta práctica. “Estamos un poco desincentivando su uso porque genera mucho dolor. Parece mucho mejor, en la realidad se incentiva, pero es peor. Hicimos acá un análisis estadístico con mi compañero sobre cómo realmente es un mal método, y por qué no es correcto utilizarlo”. Para la joven investigadora, este trabajo se conecta con una visión más amplia. “Creo que el tema del bienestar animal, al igual que la agroecología y todos estos temas de sostenibilidad, tiene cada vez más importancia. Y también creo que la gente tiene más interés, sobre todo la gente joven”.

Los cuestionamientos locales encuentran respaldo en la literatura. Un estudio de Larrondo et al. (2018) mostró que los propios ganaderos perciben la castración y el corte de cola como las prácticas más dolorosas para los corderos, con puntajes de 10 y 8 en una escala de 0 a 10. La investigación también reveló la dificultad de los productores para reconocer el dolor, dado que los rumiantes tienden a ser estoicos, lo que limita la motivación para emplear paliativos como el uso de analgésicos.

Castración: necesidad discutida y nuevos métodos de evaluación

El equipo también ha comenzado a revisar la castración ovina, práctica que históricamente se justifica por razones de control reproductivo y de características de la carne. “La pregunta es, ¿es necesario castrar? Eso depende de lo que requiera el consumidor en ese sentido, lo que tú quieras proyectar en el tiempo, la saborización grasa del animal, la obtención de carne magra. No tengo claro si hoy día la industria frigorífica en general requiere animales castrados como una exigencia. No lo creo, pero no lo sabemos”, admite Echeverría.

La importancia de esta discusión fue destacada también en el capítulo “Lamb Production in Patagonia”, publicado recientemente en el libro Traditional Livestock Production (Radic-Schilling et al., 2025). Allí se señala que en Magallanes, el 82,6% de las granjas realiza castración, además de cortes de cola y marcaciones. Los autores, entre los cuales está Echeverría, destacan que los corderos sometidos a estos procedimientos muestran signos claros de dolor: cambios de comportamiento, expresiones faciales y alteraciones significativas en la temperatura ocular. Esta última técnica no invasiva permite detectar el dolor midiendo radiación infrarroja, asociada a la vasoconstricción generada por la liberación de catecolaminas (hormonas y neurotransmisores producidos por el cuerpo para responder al estrés) al colocar bandas de castración o realizar identificaciones.

Larrondo et al (2018). Sheep Farmers’ Perception of Welfare and Pain Associated with Routine Husbandry Practices in Chile.

Traditional Livestock Production 2025.

Medición de temperatura ocular.

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