Las formas en que las poblaciones humanas se relacionaron con la muerte no fueron únicas ni permanecieron invariables a través del tiempo. En la Patagonia austral, los registros arqueológicos muestran distintas maneras de tratar y disponer los cuerpos, desde la cremación hasta las inhumaciones y la construcción de estructuras funerarias con piedras.
Dos investigaciones recientes permiten profundizar en esa diversidad, a partir de evidencias encontradas en la provincia de Última Esperanza de la región de Magallanes. Se trata de “La cremación del sitio Cueva Lago Sofía 1: ¿Evento único o superposición de prácticas funerarias?” y “Chenque Los Escorpiones: hallazgo de una tumba en la cima de un cerro a orillas del lago Sarmiento”.
Aunque corresponden a lugares y períodos diferentes, ambos trabajos aportan antecedentes para comprender las prácticas mortuorias de los pueblos originarios de este territorio. Uno revisa la interpretación de un antiguo hallazgo de restos humanos quemados; el otro analiza una tumba construida en un punto elevado del paisaje.
Restos mortuorios en una cueva
El sitio Cueva Lago Sofía 1 fue identificado en 1988, durante una prospección arqueológica en las inmediaciones del cerro Benítez, unos 30 kilómetros al norte de Puerto Natales. El contexto funerario recuperado entre 1988 y 1989, había sido interpretado tradicionalmente como un único evento múltiple de cremación. Sin embargo, una nueva revisión de los materiales permitió cuestionar esa hipótesis.

El estudio fue publicado en la revista InterSecciones en Antropología, y realizado por Cristóbal Palacios y Víctor Sierpe, de la Universidad de Magallanes (UMAG), el Instituto de la Patagonia y el Centro de Historia y Arqueología (CEHA), y por Álvaro Vergara, investigador de la Universidad de Concepción. A través de un enfoque arqueo tanatológico —que permite estudiar las condiciones en que los cuerpos fueron depositados y las transformaciones que experimentaron después de la muerte— el equipo examinó 758 fragmentos óseos. De ellos, 385 fueron identificados como humanos.

El análisis permitió estimar un mínimo de seis individuos de distintas edades, con una baja representación de sus esqueletos, una elevada fragmentación y diferentes grados de exposición al calor. Esta coexistencia de restos quemados y no quemados, las diferencias en la intensidad de las alteraciones térmicas, la presencia de pigmento ocre y otros antecedentes, llevaron a los investigadores a proponer que la cámara interior de la cueva habría sido utilizada en más de una ocasión. En lugar de un único episodio de cremación, los resultados apuntan a una superposición de tratamientos mortuorios en un período relativamente breve, hacia fines del Holoceno medio.
La investigación también abre una pregunta sobre los usos de la cámara. La presencia de restos faunísticos con y sin alteración térmica, junto con las características de los materiales humanos, llevó a los autores a considerar dos posibilidades: que el espacio hubiera sido utilizado exclusivamente con fines funerarios y luego perturbado, o que hubiera tenido un uso mixto. En esta segunda hipótesis, la cámara habría funcionado como espacio funerario y también como lugar para preparar fuegos domésticos o rituales, que pudieron afectar restos depositados con anterioridad.

Una tumba en la cima de un cerro
La segunda investigación surge a partir de un hallazgo en el cerro Los Escorpiones, ubicado en el Parque Nacional Torres del Paine, junto al lago Sarmiento. En este caso, se trata de un chenque: una estructura funeraria reconocible por la acumulación intencional de piedras, que delimitan y cubren el espacio donde fueron depositados restos humanos, y que se encuentran frecuentemente en sectores elevados o destacados de la topografía.

El hallazgo fue fortuito, y permitió identificar restos óseos humanos asociados a un chenque abierto en la cumbre del cerro. El análisis bioantropológico reconoció un único individuo adulto joven, cuyos restos fueron fechados en aproximadamente 900 años antes del presente. El sitio presentaba un importante grado de alteración: la estructura funeraria había sido desarmada y el material óseo se encontraba disperso, como resultado de disturbios humanos y de procesos de fosilización.
Uno de los aspectos relevantes del hallazgo es su emplazamiento. El chenque se encontraba en una cumbre con amplio dominio visual del entorno, una característica que coincide con otros sitios funerarios documentados en la región.

El artículo plantea que Los Escorpiones no constituye un caso aislado, sino que forma parte de un patrón de utilización de hitos del paisaje para disponer a los muertos. A diferencia de otros chenques múltiples documentados en la zona, este corresponde a un entierro individual. Para los investigadores, «distintos modos de tratamiento de los cuerpos pudieron coexistir dentro de un mismo marco simbólico», en el que ciertos lugares adquirieron un papel como espacios de memoria, señalización territorial o construcción de identidad social.

El artículo fue publicado en el volumen 54 de la revista científica Magallania de la Universidad de Magallanes (UMAG), y elaborado por Víctor Sierpe, Susana Morano, Alfredo Prieto, Pedro Cárdenas y Cristóbal Palacios. Sierpe, Morano y Palacios están vinculados a la UMAG y al Instituto de la Patagonia; Sierpe y Palacios, además, al CEHA. Prieto pertenece al Instituto de Arqueología Náutica y Subacuática y a la Fundación Whalesound, entre otras instituciones, mientras que Cárdenas participa como investigador independiente.

