Un seguimiento de más de dos décadas realizado por la Universidad de Magallanes, permitió comparar las condiciones del ecosistema intermareal antes y después de 2004, año en que comenzó a operar la planta de pretratamiento de aguas servidas de Punta Arenas. Los investigadores registraron cambios en las condiciones de los sedimentos, en la diversidad y abundancia de organismos, así como también en la estructura funcional de la comunidad bentónica.
La Planta de Pre-Tratamiento de Aguas Servidas en Punta Arenas entró oficialmente en operaciones el 15 de octubre de 2004. Su sistema utiliza un emisario submarino, y opera en conjunto con la red de recolección y disposición que gestiona la empresa Aguas Magallanes. Está dimensionada para procesar un caudal máximo de 817 litros por segundo, y brindar servicio a una población de 150.300 habitantes. Las aguas remanentes tienen disposición final submarina en el sector de Tres Puentes, un kilómetro hacia el interior del Estrecho de Magallanes.

Con esta obra, el Estado chileno puso fin a una historia de descargas de aguas servidas domiciliarias al Estrecho de Magallanes, en gran parte del borde costero de la ciudad. Pero ¿sabemos si esta inversión sirvió para descontaminar el paso bioceánico? Ésta es la pregunta que resuelve el estudio liderado por Juan Cañete Aguilera, investigador del Laboratorio de Oceanografía Biológica Austral (LOBA) de la Universidad de Magallanes (UMAG), gracias al monitoreo que realiza este oceanógrafo desde el año 1999.
“El estudio documenta qué ocurrió con el ecosistema después de que se eliminara la perturbación asociada a las descargas de aguas servidas”, afirma el científico. “Dados los antecedentes recopilados, podemos decir que se trata de un caso de remediación y auto-recuperación ecológica natural, en un sistema intermareal subantártico”.
Monitoreando la marisma
En la bahía de Punta Arenas, hay una marisma intermareal entre la desembocadura del río Las Minas y el sector Las Naciones. Este terreno húmedo, bajo y pantanoso, se inunda de forma periódica por las aguas del mar o por la confluencia de agua marina y dulce. Cañete concentró su estudio a lo largo de 2,3 kilómetros, en las características físicas y químicas de los sedimentos y de las especies que habitan este ecosistema, y realizó muestreos periódicos mediante transectos, alrededor de antiguos emisarios de aguas servidas.

Los “centinelas” bentónicos seleccionados fueron organismos que, debido a su escasa movilidad y a su estrecha relación con el sedimento, permiten integrar información sobre las condiciones del ambiente. Entre ellos, los poliquetos, clase de gusanos marinos caracterizados por tener el cuerpo segmentado en anillos y una gran cantidad de quetas (pelos o cerdas) en sus laterales. De este modo, pudo contar con datos que permitieron comparar el estado del sector estudiado, antes y después del hito sanitario.
La investigación, realizada con apoyo del biólogo marino Byron Panire Torrez, concluye que el ecosistema sufrió cambios significativos. En un plazo inferior a dos años, la biodiversidad bentónica mostró capacidad de colonización y recambio de especies, pasando desde un sistema perturbado y simple, hacia otro estructural y funcionalmente más complejo.
Las diferencias observadas
Antes de 2004, los investigadores describen un sistema de “sedimentos reducidos”, asociado a lechos bacterianos blanquecinos, basura, coloración negra y olor fétido debido a la falta de oxígeno. Después del inicio de operaciones de la planta, el sedimento transitó hacia un estado descrito como “oxigenado”, acompañado por una coloración más clara, presencia de fauna bentónica diversa, y un aumento de galerías producidas por los organismos en el sustrato.
El cambio también puede observarse mediante las variables utilizadas para evaluar la condición del ecosistema. La profundidad de la capa protectora anticorrosiva (redox) pasó de menos de 7 centímetros durante el período 1999-2004, a más de 20 centímetros en el período posterior. El índice de contaminación por hidrocarburos (OSI), utilizado en el estudio para verificar cambios en la calidad biogeoquímica de los sedimentos, pasó de 16 a 26, mientras que su estado predominante cambió de reducido a oxigenado.

La transformación también alcanzó a los organismos. De hecho, la diversidad taxonómica considerada en el estudio pasó de 3 divisiones y 1 familia de poliquetos antes de 2004, a 8 divisiones y 9 familias en el período posterior. Otra de las transformaciones corresponde a la presencia de Capitella sp., un gusano que se multiplica con rapidez en zonas con exceso de materia orgánica o contaminación. Antes de la recuperación descrita en el estudio, los registros muestran densidades de 17.700 individuos por metro cuadrado. Después del inicio de operaciones de la planta, desapareció casi por completo, y fue reemplazado por una comunidad con mayor riqueza de especies y de diversidad.
El cambio no se limita, según los investigadores, al número de especies presentes. También se incrementó el tamaño de los organismos, y se modificaron las funciones que desempeñan. La comunidad posterior incluye carnívoros, detritívoros de profundidad y organismos constructores de tubos. Entre las especies mencionadas se encuentran Glycera capitata, Abarenicola assimilis y Cistenides elhersi, descritas como “ingenieros ecosistémicos”, debido a que contribuyen a la ventilación del sustrato.
Proyecciones
La investigación identifica a la planta de pre-tratamiento como la intervención que permitió interrumpir la descarga de aguas servidas, eliminando la perturbación que afectaba al litoral. En otras palabras, al eliminar la sobrecarga constante de materia orgánica, el sistema actuó como “el agente facilitador indispensable” para el inicio de un proceso de restauración y auto-recuperación ecológica natural en el sustrato intermareal.

El caso adquiere especial relevancia para los autores por tratarse de un sistema subantártico, pues los procesos metabólicos en altas latitudes son intrínsecamente más lentos que en zonas templadas. Además, abre una posible aplicación de sus resultados a otros sistemas costeros donde existe liberación sostenida de materia orgánica al sistema bentónico, como por ejemplo, en sectores donde se desarrolla la salmonicultura. De este modo, se ayuda a cumplir la Ley 21.410, que obliga a los titulares de concesiones de acuicultura a adoptar medidas destinadas a evitar, reducir o remover el depósito de desechos orgánicos e inorgánicos en el fondo marino.
El trabajo propone finalmente que los programas de seguimiento ambiental incorporen taxónomos acreditados, argumentando que la identificación de la biodiversidad permitiría determinar si un ecosistema ha recuperado su integridad histórica, y no solamente algunas de sus funciones. De esta manera, los 27 años de observación del litoral urbano de Punta Arenas quedan planteados como una experiencia para estudiar qué ocurre cuando un ecosistema sometido durante décadas a una presión ambiental, deja de recibir el agente que provocaba esa perturbación.

