A través de su participación en la iniciativa Ocean Census, el biólogo e investigador Mariano Martínez detalla el trabajo de laboratorio para procesar sedimentos profundos de la Antártida y Georgias del Sur, aislar las estructuras cristalinas de invertebrados marinos, y rescatar especies clave del fondo oceánico como los “pepinos de mar”.
Al fondo de cada océano, habita una fauna marina que aún sorprende a la ciencia. Y es que investigar el fondo abisal representa un desafío enorme, debido al elevado costo de las campañas y a la escasa disponibilidad de buques científicos.
Esta brecha de conocimiento se ha logrado acortar con esfuerzos como el de la iniciativa británico-nipona Ocean Census, que trabaja junto al estadounidense Instituto Oceanográfico Schmidt y a científicos y científicas de todo el mundo, para explorar y catalogar estas formas de vida, en distintos puntos geográficos del planeta.
Precisamente, en el reciente taller que realizaron en la Universidad de Magallanes (UMAG), reunieron a especialistas para continuar analizando las muestras obtenidas en expediciones realizadas por el buque científico RV Falkor Too en aguas australes. Uno de ellos es Mariano Ignacio Martínez, biólogo y zoólogo que es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y especialista en equinodermos —grupo de animales invertebrados marinos que poseen piel áspera cubierta de espinas o placas calcáreas— en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN).
Martínez estuvo analizando muestras del fondo marino obtenidas en Georgias del Sur y la Antártida.
Descubrir y comparar
“Estamos tratando de descubrir especies, y si no existen nuevas especies, por lo menos describir qué fauna encontramos en aguas profundas. Es algo muy interesante, porque acelera mucho el conocimiento del mar profundo, que es un lugar bastante complejo de trabajar, porque son pocas las embarcaciones que llegan a esos lugares”, afirma el investigador, seleccionado junto a otros postulantes para esta tarea.

Al enfrentarse a organismos recolectados a miles de metros de profundidad, la aproximación taxonómica habitual debe reconfigurarse por completo. Martínez advierte que “siempre hay que sacar otros manuales muy distintos a los que uno tiene en aguas superficiales, pasar a otra bibliografía, a otros autores, porque los grupos, las familias y los taxones que hay en esos lugares son muy distintos”.
El científico argentino se ha especializado en el estudio de los holoturoideos —denominados comúnmente pepinos de mar— que destacan por poseer adaptaciones morfológicas únicas. Y asegura que en estas vastas planicies, ubicadas hasta a 4 mil metros de profundidad, se encuentran millones y millones de estos ejemplares. Su trabajo consiste en examinar el tegumento o piel de estos especímenes mediante lavados con cloro en el laboratorio, para aislar las piezas que componen su sistema esquelético.
Cristalería microscópica
“Tienen morfologías muy particulares, a veces con apéndices, con pies, y estructuras que sobresalen del cuerpo. Otra característica muy interesante son los osículos, es decir, las estructuras de carbonato de calcio que conforman el esqueleto de los pepinos de mar. Y las formas son rarísimas. Realmente parecen obras de cristalería”, detalla Martínez.
Pero el impacto de estos invertebrados no se limita a su riqueza estructural, sino que resulta determinante para el funcionamiento de las grandes llanuras oceánicas. En relación con el rol ecológico que desempeñan especies como Scotoplanes globosa —conocidas popularmente como “chanchitos de mar”— el zoólogo explica que “capturan el alimento que va cayendo de distintos ejemplares que viven en la columna de agua, que mueren, caen en el fondo marino, y los pepinos lo que hacen es que van comiendo esos ejemplares muertos, los degradan, y las heces de estos ejemplares lo que hacen es que recirculan la materia orgánica, la energía dentro del fondo”.
Martínez explica que, al estar comiendo este sedimento del fondo oceánico, los pepinos de mar logran resuspender la energía, poniéndola a disposición de otros ejemplares de la cadena trófica, con lo cual su labor de recicladores es clave dentro del ecosistema del mar profundo.
El procesamiento de sedimentos y el valor de la taxonomía
Durante las jornadas de trabajo en la UMAG, la labor científica incluyó además el tamizado y la separación (sorting) de capas de sedimentos procedentes de tubos testigos (cores y box cores) y bolsas de muestreo. A partir de residuos de sedimentos que no formaban parte del foco central de otras investigaciones, este minucioso procedimiento permitió rescatar grupos taxonómicos como los nemátodos, gusanos redondos e invertebrados que abundan a nivel global.
A pesar de las barreras de financiamiento que suele enfrentar la taxonomía pura por la exigencia de resultados aplicados inmediatos, el científico afirma que esta labor técnica reafirma la vigencia de la taxonomía morfológica tradicional —basada en descripciones detalladas, fotografías y dibujos— como un complemento indispensable para la biología molecular.
