Un conjunto de investigaciones desarrolladas en la Región de Magallanes y publicadas en un texto editado por el CUECH, revela la diversidad bentónica de la ecorregión subantártica, la vulnerabilidad de sus redes tróficas dependientes de los bosques de huiro y la irrupción de microplásticos en áreas marinas protegidas.

Estos hallazgos reafirman que la ecorregión de Magallanes funciona como un laboratorio natural crucial para monitorear el pulso del planeta, y diseñar estrategias adaptativas de conservación frente a la crisis ambiental global.

 

Los fiordos y canales del archipiélago de Tierra del Fuego constituyen uno de los sistemas estuarinos más singulares del planeta. Moldeados por el avance y retroceso de masas glaciares, estos ambientes combinan aguas continentales y oceánicas que generan cambios graduales, continuos y extremos de factores físicos, químicos y biológicos, a lo largo del tiempo y a través del territorio. Sin embargo, su complejidad logística ha mantenido a esta vasta ecorregión bajo un histórico déficit de información científica.

Frente a esta brecha, el libro Sustentabilidad y Cambio Climático en Zonas Litorales de Chile y Ecosistemas Adyacentes —editado por el Consorcio de Universidades Estatales de Chile en 2026, gracias al trabajo de los académicos Rosalino Fuenzalida, Carlos Zuleta-Ramos y Cristian Aldea— reúne investigaciones multidisciplinarias que entregan una visión renovada sobre la biodiversidad, la biogeoquímica y los impactos de la actividad humana en el extremo austral de Chile.

El resultado muestra una destacada representación de la Universidad de Magallanes (UMAG), que articuló las capacidades del Departamento de Ciencias y Recursos Naturales y de diversos centros de investigación de la casa de estudios. En el trabajo de terreno y laboratorio convergieron el Laboratorio de Ecología Funcional (LEF), integrado por Cristian Aldea, Claudia Andrade, Leslie Novoa, Tania Figueroa, Taryn Sepúlveda y Cristóbal Rivera; del Laboratorio de Ecofisiología y Biotecnología de Algas (LEBA), con Nelso Navarro y Jocelyn Jofré; del Laboratorio de Oceanografía Biológica Austral (LOBA), con Juan Cañete, Bibiana Jara, Javier Díaz y Camila Mella, y del Laboratorio de Ecosistemas Marinos Antárticos y Subantárticos (LEMAS), junto a Máximo Frangopulos, Andrés Mansilla y el investigador doctoral Francisco Bahamonde. 

A esta labor se sumaron el botánico Orlando Dollenz, con más de 50 años de investigación en el Herbario del Instituto de la Patagonia; el estudiante de Biología Marina Joaquín Carreño, y el respaldo transversal de centros de excelencia como el Centro de Investigación GAIA-Antártica (CIGA) —con la presencia de Carlos Cárdenas, Erling Johnson y Laura Sánchez— y el Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC), consolidando el liderazgo de la UMAG en la exploración y resguardo de la Patagonia.

Una biodiversidad que desafía los paradigmas globales

Uno de los principales hitos del monitoreo sistemático en fiordos fueguinos, fue el registro de 65 taxones de invertebrados bentónicos y más de 200 ocurrencias de especies. Esta “coexistencia de elementos subantárticos y antárticos, confirma el carácter transicional de esta ecorregión”, afirma el texto. Pero el hallazgo más sorprendente ocurrió en el ámbito microscópico. “Contrariamente al paradigma dominante, que sitúa la mayor diversidad de dinoflagelados bentónicos en regiones tropicales, subtropicales y templadas, la Ecorregión Subantártica de Magallanes exhibe una riqueza preliminar de 36 especies, (la cual) representa aproximadamente el 15 % de la diversidad global conocida”.

Biodiversidad asociada a Sarcopeltis skottsbergii, especie de gran importancia para la pesca artesanal.

El estudio también detectó la presencia de géneros que encienden las alarmas ante eventuales floraciones algales nocivas favorecidas por el calentamiento global. Según el texto, “C. fragile y C. dimorphum, son señaladas como especies invasoras debido a su capacidad de colonizar diversos hábitats. Su presencia, junto a otras como Ceramium stichidiosum, releva la necesidad de un monitoreo y control de especies exóticas de macroalgas en la región”.

A esta riqueza se suma la caracterización de 67 especies de macroalgas en fiordos como Seno Ballena y Seno Helado, donde se constató la presencia de especies exóticas invasoras que evidencian la necesidad de implementar programas urgentes de control biológico. 

En el ámbito terrestre y ornitológico, la integración de censos de campo con bases de datos globales consolidó un inventario de 82 especies de aves en los fiordos de Seno Almirantazgo, identificando sitios clave de nidificación para el cormorán imperial, y la presencia de especies amenazadas como el cóndor, el pingüino de Magallanes y la caranca. En cuanto a la vegetación costera subantártica de Magallanes, los especialistas afirman que “constituye un patrimonio natural de alto valor científico y ecológico. No sólo definen el límite ecológico del continente sudamericano, sino que actúan como amortiguadores naturales frente a la erosión, el ascenso del nivel del mar y el cambio climático”.

La amenaza del plástico y el derretimiento glaciar

A través del análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno, investigadores del Laboratorio de Ecología Funcional evaluaron la estructura trófica en el Parque Marino Francisco Coloane. Los resultados demostraron que más del 50% de la energía de la red trófica proviene de fuentes bentónicas autóctonas, principalmente, macroalgas como el huiro (Macrocystis pyrifera) y la lechuga de mar (Ulva lactuca).

Praderas de Ulva y bosques de kelp en Bahia Yendegaia.

Sin embargo, esta alta eficiencia energética contrasta con una amenaza emergente: la detección masiva de microplásticos. Pese a tratarse de áreas remotas y protegidas, los muestreos aislaron 460 partículas plásticas en la columna de agua de los fiordos, con predominio de microfibras de celulosa/rayón y polímeros sintéticos como tereftalato de polietileno (PET) y nylon. La incorporación de estos contaminantes pone en serio riesgo la resiliencia de la fauna bentónica subantártica.

En tanto, los estudios de plancton superficial en los fiordos proglaciares de la Isla Santa Inés y Cordillera Darwin, evidenciaron que la descarga de agua dulce genera un impacto drástico sobre las comunidades marinas. Cerca de las cabeceras glaciares, la caída de la salinidad y la temperatura provocan que la biomasa planctónica disminuya hasta 20 veces en comparación con el Estrecho de Magallanes. 

Su sensibilidad convierte a estos organismos acuáticos en “una herramienta biológica sumamente sensible y efectiva para la vigilancia del cambio climático en las capas superficiales de las Áreas Marinas Costeras Protegidas de Múltiples Usos (AMCP-MU)”.

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