Una revisión científica sistematiza décadas de investigación sobre el Macrocystis pyrifera en la Patagonia chilena, revelando un oasis de biodiversidad único en el planeta, y una inédita lección de gobernanza impulsada por los propios pescadores artesanales.
Mientras en el hemisferio norte las poblaciones se desploman debido a olas de calor, la sobreexplotación y alteraciones en la cadena alimentaria, la ecorregión subantártica de la Patagonia se mantiene como un refugio climático global, albergando alrededor del 28% de la distribución mundial de los bosques submarinos de huiro flotador (Macrocystis pyrifera).
En la región de Magallanes, estos bosques flotantes conocidos como aush en la lengua ancestral del pueblo Yagán, moldean el paisaje submarino, y han sostenido la integridad biocultural de los pueblos canoeros originarios durante milenios. Hoy en día, esta conexión persiste: pesquerías artesanales de alto valor económico como el erizo de mar (Loxechinus albus), la centolla (Lithodes santolla), el ostión del sur (Austrochlamys natans) y el alga roja Sarcopeltis skottsbergii, dependen directamente de los hábitats y subsidios alimentarios que proveen los bosques de huiro.

Esta información es parte de un artículo científico compartido recientemente en la revista de acceso abierto “Opinión actual sobre sostenibilidad ambiental”, publicación de alto impacto internacional que integra perspectivas de las ciencias naturales y sociales en el estudio de las interacciones entre el ser humano y el medio ambiente, y aborda los desafíos de la gestión de la sostenibilidad en sistemas regionales y globales. El paper titulado “Los bosques de algas pardas como hábitat crítico: vacíos de información y gobernanza basada en el ecosistema en el sistema de canales y fiordos subantárticos”, tiene como autores a las y los investigadores Jaime Ojeda, Camila Catalán, Johanna Marambio, Sebastián Rosenfeld, Juan Pablo Rodríguez, Matías Cuevas y Andrés Mansilla.
Este equipo multidisciplinario de diversas filiaciones —Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC), Universidad de Magallanes (UMAG), Universidad de Chile (UChile) e Instituto Milenio BASE— analizó 102 estudios publicados a lo largo de décadas, para sistematizar la evidencia que respalda este hito. En palabras del investigador principal, Dr. Jaime Ojeda, “este trabajo de revisión reúne gran parte del esfuerzo científico que se ha hecho en torno a estos bosques marinos, y es de vital importancia para su conservación”.
Un bosque en veda
¿Cuánta diversidad sostienen los bosques de huiro? Al sistematizar la literatura disponible, la investigación reveló la inmensa magnitud de esta “ciudad submarina”. Se documentaron 535 grupos o taxones asociados a los bosques de M. pyrifera en la ecorregión subantártica. Entre los más abundantes destacan 105 especies de crustáceos (19.6%), 64 de algas rojas (12%), 61 de caracoles y babosas marinas (11.4%), 55 de gusanos marinos (10.3%) y 43 de peces (8.0%).
Este entramado biológico funciona como una compleja sala de cuna y despensa marina. Los juveniles de centolla utilizan la intrincada estructura de los discos de fijación de las algas para esconderse de sus depredadores, mientras que especies como el calamar patagónico (Doryteuthis gahi) adhieren sus masas de huevos directamente a las frondas del huiro. Asimismo, la materia orgánica que desprende el alga es transportada por las corrientes hasta cuencas profundas, sirviendo de alimento fundamental para los organismos del fondo marino.

En octubre de 2022, la autoridad pesquera chilena decretó una veda extractiva de M. pyrifera en Magallanes por dos años, y en octubre de 2024 la renovó hasta 2034. El artículo afirma que esta situación contrasta con la realidad global, pues “mientras que la gobernanza de los bosques de algas en otros lugares es principalmente restaurativa y se implementa tras el deterioro del ecosistema, en este caso fue preventiva”.
La veda prohíbe de forma tajante la extracción directa, pero también la recolección de algas varadas en las playas (varazones), su transporte, procesamiento y comercialización. Y lo extraordinario de esta medida es que no fue solicitada por algueros, sino por los propios pescadores artesanales, quienes no cosechan las algas, pero reconocieron que el huiro es el pilar que sostiene sus recursos.
Las grietas del conocimiento
A pesar de la sólida base ecológica, la revisión científica identificó vacíos críticos que deben corregirse para asegurar una gobernanza justa y efectiva.
Una de ellas dice relación con la invisibilidad de la dimensión humana y cultural, pues la literatura revisada analiza el hábitat desde la biología y las pesquerías, pero registra cero publicaciones sobre las contribuciones no materiales del bosque de algas, como su aporte a la identidad, inspiración, aprendizaje o patrimonio cultural de los pueblos originarios.
También se identificó un sesgo geográfico de los estudios, pues la mayoría de los muestreos científicos se concentran cerca de los centros urbanos y logísticos, como Puerto Montt, Chiloé, Punta Arenas y Canal Beagle. Pero la vasta zona intermedia de fiordos y las costas expuestas al océano exterior, precisamente donde se ubican áreas marinas protegidas bajo presión de concesiones de acuicultura, permanecen casi inexploradas.
Además, la veda tiene un impacto colateral a nivel local pues, al ser generalizada, afectó una práctica ancestral en Puerto Williams, que es la recolección de alga varada en la orilla por parte de pequeños agricultores familiares, para fertilizar los suelos de sus invernaderos de papas y hortalizas. En este punto, el artículo enfatiza que diferenciar la recolección artesanal a pequeña escala de la extracción industrial, repararía un vínculo biocultural histórico sin poner en riesgo el ecosistema.
El desafío de convertir un decreto en ley
Según las y los autores, la veda por 10 años representa un triunfo político e institucional sin precedentes. Sin embargo, el grupo advierte que los decretos administrativos son instrumentos políticamente frágiles frente a futuras presiones de mercados globales de alginato.
Para consolidar la conservación de estos gigantes subantárticos, defienden la necesidad de elevar la protección a nivel de Ley de la República como política de Estado permanente, garantizando al mismo tiempo un manejo adaptativo que integre a las comunidades locales.
El artículo cierra afirmando que “en un período en que la ciencia de la conservación marina dedica grandes esfuerzos a la restauración de los bosques de algas en gran parte de su distribución global, vale la pena aprender de este caso subantártico mientras aún queda algo por proteger”.














