El destacado liquenólogo alemán Christian Printzen, quien participó en la última Conferencia Internacional del Centro Cabo de Hornos (CHIC por su sigla en inglés), advierte sobre la fragilidad de estos organismos ante la crisis climática, y destaca a los bosques de la Región de Magallanes como un refugio de pureza frente a la devastación industrial que sufrió el Hemisferio Norte.
En el corazón de la Isla Navarino, habita una comunidad de organismos silenciosos y coloridos, que guardan registros de nuestro clima. Son los líquenes, seres simbióticos compuestos por un alga y un hongo, que el Dr. Christian Printzen define como joyas estéticas y científicas.

El jefe de la sección de Criptógamas del Instituto de Investigación Senckenberg (Frankfurt, Alemania) está acostumbrado a los paisajes de Europa central, donde la intervención humana ha moldeado el entorno en forma dramática. Printzen ha dedicado décadas al estudio del género Biatora, y a desentrañar la evolución molecular de estos organismos, y ve en la Región de Magallanes algo que su propio país perdió hace tiempo: la exuberancia.

En una reciente entrevista con la gaceta de la Universidad de Magallanes Polo, el investigador explicó que “la diferencia más importante que notas es la riqueza de la flora de macro-líquenes que hay aquí en el sur, las especies grandes y llamativas que crecen en los árboles. Esto es lo que llamamos una ‘asociación climática’ de líquenes que ocurre en bosques viejos y maduros. Al menos, en Europa central, esto ha sido prácticamente aniquilado durante los últimos siglos”.
Esta pérdida no es sólo una preocupación taxonómica; tiene un profundo impacto en la percepción del ecosistema. Para Printzen, la ausencia de estos organismos priva a la naturaleza de una dimensión mística. “Es triste para un liquenólogo, y pienso que en general es triste, porque los líquenes suman una cualidad estética a un bosque. No son sólo superficies de árboles desnudas cuando hay algo creciendo allí. Eso tiene una magia”, reflexiona con nostalgia frente a los efectos de la industrialización.
El nitrógeno
La historia de los líquenes en el Hemisferio Norte es una crónica de supervivencia y extinción. Mientras que en el sur de Sudamérica la baja densidad poblacional de la humanidad ha permitido mantener ecosistemas más biodiversos, en Europa la contaminación atmosférica, especialmente el azufre y el nitrógeno, ha sido implacable.

El Dr. Printzen relata que el declive fue vertiginoso a partir del siglo XVIII. “Arrasaron con los líquenes en la mayoría de las áreas industrializadas de Europa, real y literalmente los borraron, excepto por unas pocas especies que fueron capaces de tolerar estas condiciones. Y la situación no es mucho mejor ahora, aunque las regulaciones para la polución impuestas en los ‘70 han mejorado un poco”.
Actualmente, el principal enemigo en los campos europeos es el nitrógeno proveniente de la agricultura intensiva y el transporte. Los indicadores de este exceso se hacen evidentes, precisamente, gracias a los líquenes de color naranja brillante que cubren las rocas y los árboles cerca del mar. Aunque estas especies aman el nitrógeno y crecen de forma natural cerca de colonias de aves marinas en el sur de Chile, en Europa su proliferación en todas partes es una señal de alarma sobre el desequilibrio de los ecosistemas.
Un laboratorio natural ante el cambio climático

La Isla Navarino y sus alrededores funcionan hoy como un “grupo de control” a nivel global. En un mundo que se calienta rápidamente, estudiar los líquenes del sur ahora es crucial para establecer una línea base de salud ambiental. A juicio de Printzen, “es una buena idea estudiarlos ahora, cuando el cambio climático es moderado, todavía moderado, para tener esta línea base, y ver que hay especies que se están desapareciendo debido al cambio climático y que otros se encuentran mejor con él”.
El valor de estos organismos trasciende lo académico; son herramientas de política ambiental. Su sensibilidad los convierte en monitores naturales de radioactividad, metales pesados y pureza del aire. Por ello, para el experto alemán, el papel de los líquenes como bioindicadores es su principal activo en la agenda pública. “Lo más importante cuando se trata de financiamiento de investigación, por ejemplo, y quizás también para la protección de la naturaleza, es el papel de los líquenes como bioindicadores de la polución del aire”.

A pesar de que Chile posee un número de especies similar a Alemania (alrededor de 2.200), la vastedad del territorio chileno y sus fuertes gradientes ecológicos sugieren que aún queda mucho por descubrir. La liquenología en el cono sur es, según Printzen, una de las “últimas fronteras” de la ciencia, un lugar donde el descubrimiento de especies indescriptibles es una posibilidad latente en cada expedición. Sin embargo, el mensaje final del Dr. Printzen es una llamada a la acción: se necesitan más científicos dedicados a estos “centinelas” para comprender el futuro de un planeta que, como el bosque europeo, corre el riesgo de perder su vitalidad.






