A través del análisis de los anillos de crecimiento anual de los árboles, el Laboratorio de Dendrocronología de la UMAG descifra los cambios ambientales del pasado. Esta biblioteca natural registra siglos de historia ambiental, advirtiendo sobre el estrés hídrico y la mortalidad forestal en la Patagonia.
Los bosques son fundamentales para la vida en la Tierra. Ofrecen servicios ecosistémicos vitales como refugios de vida silvestre, productores de oxígeno, filtradores de agua dulce, retenedores de partículas contaminantes, proveedores de materiales, alimentos y medicinas, y como reguladores climáticos.
Sus características los dotan de una alta sensibilidad, gracias a la cual cumplen un rol de centinela; puntos fijos que dan la alerta sobre los impactos generados por los cambios ambientales, antes de que afecten a otras especies. Al mismo tiempo, estas especies biológicas —dominadas en Magallanes por el género Nothofagus— funcionan como una de las bibliotecas más precisas del planeta. Cada anillo de crecimiento representa una página que documenta sequías, incendios y variaciones térmicas.

Éste es el foco del trabajo que realiza el Laboratorio de Dendrocronología de la Universidad de Magallanes, DendroUMAG, grupo liderado por el Dr. Juan Carlos Aravena Donaire, biólogo, académico de la UMAG, director del Instituto de la Patagonia y del Centro de Investigación Gaia Antártica (CIGA), e investigador de bosque y cambio climático en el Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC). En la misma línea trabajan los investigadores Christian Bringas Thornhill y Catalina Fernández García, con la colaboración de los doctores Ricardo Villalba, Duncan Christie, Rodrigo Villa, Claudia Mansilla, Rodrigo Soteres y Esteban Sagredo.
Un código de barras en la naturaleza

La dendrocronología —término derivado del griego dendro (árbol), crono (tiempo) y logía (estudio)— permite a las ciencias desentrañar información crítica almacenada bajo la corteza. Como explica Catalina Fernández, el árbol registra las condiciones exactas del momento en que se formó cada anillo. “Si estamos en un año más lluvioso, el árbol lo va a notar… si es un periodo más seco, también. Incluso si hay otro tipo de efectos como los incendios, eso también se va a ver en los anillos”.
Esta capacidad de registro permite crear cronologías que se extienden cientos de años hacia el pasado. Mientras que especies como la lenga (Nothofagus pumilio) pueden vivir entre tres y cuatro siglos, el estudio de madera muerta permite ampliar aún más este registro histórico, mediante el cruce de patrones de crecimiento. Fernández los describe como un “código de barra”, donde la alternancia de anillos anchos y estrechos permite fechar con exactitud eventos climáticos. “Cada bosque nos va a contar una historia diferente”, afirma, subrayando que la reacción de los árboles depende estrechamente del sitio específico donde se encuentren.
Estrés hídrico y riesgo de mortalidad forestal
Uno de los hallazgos más preocupantes de las investigaciones realizadas por DendroUMAG, es el impacto del aumento de las temperaturas en especies emblemáticas como el coihue y el ciprés de las Guaitecas. En las últimas décadas, han mostrado una disminución en su crecimiento, lo que indica un nivel de estrés ambiental al alza.
Según la investigadora, el árbol como ser vivo, activa protocolos de emergencia ante la escasez de agua. “El árbol va a ‘decir’ algo como: ‘mira, no tenemos tanta agua, vamos a priorizar, quizás sea mejor no crecer tanto, no generar tantas células’”.
La investigación de campo ha revelado datos alarmantes sobre la salud de los bosques. Al analizar parcelas de estudio después de 20 años, el equipo observó una alta mortalidad de especies. Aunque los bosques tienen ciclos naturales donde los ejemplares viejos mueren para dar paso a los nuevos, la velocidad del cambio climático actual impone un desafío sin precedentes.
“Sería muy arriesgado de mi parte decir que todos los bosques quizás van a presentar ese comportamiento, pero muchos quizás sí”, advierte. Si bien los árboles han sobrevivido a cambios climáticos durante millones de años, la acción antrópica está acelerando los procesos de una manera que pone a prueba su capacidad de adaptación.
En este contexto, Fernández subraya la importancia de generar planes de conservación y reforestación, especialmente, para especies amenazadas como el ciprés, pues la cultura de explotación para construcción aún persiste en zonas como Aysén.
Ciencia ciudadana: aprender a leer el bosque
La importancia de estos conocimientos es tan fundamental, que no se pueden quedar encerrados en la academia. Así lo creen en este laboratorio, donde a través de talleres de ciencia ciudadana, han logrado que la comunidad local en Punta Arenas y Puerto Williams aprenda a identificar estos cambios en su entorno.
Ejemplo de esto es lo ocurrido en la laguna humedal Pudeto de Punta Arenas, donde el descenso del nivel del agua acaecido en 2021, se refleja directamente en anillos más pequeños en los árboles circundantes. Lo mismo sucedió con los árboles de la Avenida Colón tras el aluvión de 2012, cuyos anillos mostraron marcas de estrés físico. Estas constataciones pudieron hacer quienes asistieron a los talleres ciudadanos realizados durante el mes de mayo por DendroUMAG.
Chile cuenta hoy con los dendrómetros más australes del planeta, instalados en la isla Navarino, que permiten monitorear -en tiempo real- cómo la lenga y el coihue, responden a la humedad y temperatura. La y los investigadores esperan que la información entregada por estos sensores, que miden el “pulso diario” de expansión y contracción del tronco, aporte datos precisos para la toma de decisiones políticas y ambientales, y también sirva para concientizar. Catalina confiesa: “Me encantaría que la gente fuera más consciente de lo que nos rodea”.

