Una nueva publicación arqueológica en la revista Magallania, aborda el contacto de los colonizadores europeos con el pueblo Aonikenk, en el sector correspondiente a los campos volcánicos de Pali Aike. El trabajo abarca desde el paso de la expedición de Hernando de Magallanes por el estrecho que hoy lleva su nombre, hasta los inicios del siglo XX.

 

El cañadón Mack-Aike -conocido localmente como Chorrillo Grande- es un valle de casi 30 kilómetros de longitud, ubicado en la cuenca media del río Gallegos, provincia de Santa Cruz, Argentina. Corresponde al sector norte del Campo Volcánico Pali-Aike, un sitio arqueológico que comparte con Chile, y que es clave por haber servido de refugio y fuente de recursos para los pueblos cazadores-recolectores de la Patagonia austral, antes de la colonización.

Mapa de la región de estudio y de lugares mencionados en el texto.

¿Cómo cambiaron sus vidas cuando llegaron los primeros objetos y animales desde Europa? Un equipo de arqueólogos se propuso responder esta pregunta, explorando este refugio natural de la estepa patagónica. A diferencia de otros estudios que se enfocan sólo en ambientes costeros, su investigación se internó casi 100 kilómetros tierra adentro, para entender cómo el contacto con los europeos transformó a las poblaciones Aonikenk (tehuelches) en el interior del continente. 

El trabajo fue liderado por los arqueólogos Flavia Carballo Marina y Luis Borrero, quienes trabajaron con otros 10 especialistas, y acaba de ser publicado en la revista Magallania de la Universidad de Magallanes. En la introducción, afirman que identificaron 12 sitios arqueológicos, y que “la información provista suma un nuevo espacio a la comprensión del proceso del contacto en Pali Aike”.

Tres momentos clave

El primer momento identificado en este trabajo, comienza con el arribo de Hernando de Magallanes a la bahía de San Julián en 1520, y se extiende hasta mediados del siglo XVII. El contacto se restringió casi exclusivamente a la franja costera, mientras las poblaciones en lugares como el cañadón Mack Aike aún mantenían sus dinámicas tradicionales, sin que los bienes extranjeros alteraran significativamente sus costumbres.

El segundo momento va desde mediados del siglo XVII hasta fines del siglo XIX, y corresponde al período de mayor actividad. El caballo y la vaca ya circulaban intensamente en Pali Aike; aparecieron los objetos (vidrio, metal), y el pueblo redujo su movilidad residencial, pues se concentraron en lugares con agua y pasto como los cañadones. El hallazgo de monedas chilenas de plata que datan de entre 1855 y 1859, encontradas en ajuares funerarios de la región (Laguna Sota), marca un punto alto de interacción poco antes del fin de su autonomía.

Vista del cañadón Mack Aike.

El tercer momento va de 1898 en adelante. Aquí se vive el quiebre definitivo de la vida nómada tradicional, y se fija simbólicamente en 1898, con la creación de Camusu Aike, la primera reserva estatal en Santa Cruz. Se fundaron las ciudades de Punta Arenas (1848) y Río Gallegos (1885), se expandieron las estancias, y las tierras más ricas, como los valles y cañadones, fueron privatizadas. A partir de esta época, la movilidad residencial prácticamente desaparece. El registro arqueológico muestra un confinamiento en espacios marginales y una mayor dependencia de materiales europeos, al tiempo que se cortan los circuitos de intercambio de información y bienes con grupos del norte.

Objetos “viajeros” y patrón de asentamiento

Las y los investigadores encontraron pruebas de un importante cambio tecnológico. Antes de que los europeos se asentaran permanentemente en la zona, sus objetos ya estaban llegando a manos indígenas a través del intercambio o de naufragios. A esto, las y los científicos lo llaman “contacto indirecto”.

Para las y los investigadores, es sorprendente la creatividad de los Aonikenk, pues comenzaron a tallar trozos de botellas de vidrio para fabricar “raspadores”, herramientas muy afiladas que usaban para limpiar cueros. Además, encontraron pequeñas esferas de metal (llamadas cazoletas) y discos de plata que fabricaban o adaptaban para decorar su ropa y los adornos de sus caballos.

En el sitio llamado Chorrillo Grande 1, también pudieron confirmar que los Aonikenk instalaban sus tiendas o “toldos” en filas, generalmente, mirando hacia el este para protegerse de los fuertes vientos del oeste, y aprovechar la luz del sol al amanecer, pues los objetos encontrados siguen un patrón lineal.

Relación con los mamíferos terrestres

A mediados del siglo XVII, la llegada del caballo revolucionó la vida en la estepa. Su aparición alrededor de 1650 fue una verdadera revolución social y tecnológica. “La incorporación del caballo habría generado cambios en la movilidad, en las tácticas de caza, en la capacidad de carga y transporte y en la organización social; además, se sumó a la dieta, y fue considerado como animal simbólico”, explican en sus conclusiones.

El equino facilitó los viajes largos, y dado que requiere grandes cantidades de agua y pasto, los grupos indígenas comenzaron a concentrar sus campamentos en lugares protegidos y productivos como los cañadones. En el sitio denominado “Concentración de vidrios”, se recuperaron 15 restos de Equus caballus pertenecientes a tres individuos (dos adultos y un juvenil). Incluso, se detectó una huella ósea de corte y una fractura realizada por manos humanas, lo que confirma que era también un recurso alimenticio.

En este lugar, además, se identificó la presencia temprana de ganado vacuno (Bos taurus). En el sitio Chorrillo Grande 11, el equipo identificó diez restos pertenecientes a dos individuos. “La similitud y localización coincidentes de las dos posibles huellas de corte registradas en fémures de Bos taurus llevan a considerar la posibilidad del procesamiento antrópico”, destaca el informe, sugiriendo que los Aonikenk ya estaban aprovechando el ganado europeo mucho antes de que se establecieran las estancias formales en la región. 

A pesar de la llegada de animales domésticos, el guanaco (Lama guanicoe) nunca dejó de ser la base de la vida en la Patagonia. El cañadón, con sus laderas pronunciadas y su fondo de hasta 390 metros de ancho, seguía siendo el lugar predilecto para emboscar a estos camélidos. Esta dieta diversificada, muestra su capacidad de adaptación ante un mundo que cambiaba rápidamente por la influencia externa.

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