En una de las zonas más australes y biodiversas del planeta, una investigación liderada por el CHIC y la UMAG reveló cómo los perros de libre movimiento, introducidos por el ser humano en este austral territorio, cruzan, constantemente, la frontera entre lo doméstico y lo salvaje, tensionando la conservación ecológica y las percepciones culturales en Isla Navarino.

Navarino es la cuarta isla más grande y la segunda más poblada del archipiélago de Tierra del Fuego. Está ubicada al sur de la Isla Grande, separada de ésta por el canal Beagle,  entre el océano Pacífico y el Atlántico. Su localización en el extremo meridional de América del Sur, la convierte en un laboratorio natural único. 

Sin embargo, tras la belleza de sus turberas y matorrales, se oculta un desafío ecológico que ha puesto en jaque la conservación de la vida silvestre y la armonía de la comunidad: la presencia de perros de libre movimiento. A través de una investigación integral, se ha buscado desentrañar cómo viven estos animales y, lo que es más complejo, cómo los percibimos. 

Dra. Elke Schüttler

“Los perros de libre movimiento en ambientes naturales son un problema desafiante a nivel global ya que pueden depredar la vida silvestre y el ganado”, advierte un informe técnico emanado de un proyecto Fondecyt Regular financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) de Chile. La responsable del estudio es la Dra. Elke Schüttler, académica de la Universidad de Magallanes (UMAG) e investigadora del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC).

Un monitoreo en la inmensidad

Para entender la realidad biológica de estos carnívoros, el equipo científico desplegó un sistema de monitoreo sistemático mediante cámaras-trampa, con el cual cubrió los 2.500 km² de la isla. El esfuerzo fue monumental: se instalaron 61 cámaras en una cuadrícula de 10×10 km durante la temporada cálida. 

Los resultados fueron reveladores, pero inquietantes. Se registraron 41 individuos, de los cuales 32 fueron catalogados como “asilvestrados”, es decir, animales que no figuraban en los registros de los perros conocidos en pueblos o estancias.

Estos animales no ocupan el territorio de forma aleatoria. Según los datos obtenidos, los perros prefieren la cercanía a los asentamientos humanos, y muestran una inclinación por las turberas sobre los hábitats boscosos. Sin embargo, detectarlos sigue siendo un reto: “Sólo un cuarto de los 61 sitios monitoreados fue ocupado por perros salvajes, pero fueron difíciles de detectar; esto significa que debe haber más perros que los fotografiados”, detalla la investigación. Incluso, se documentó la reproducción en estado silvestre, encontrando cachorros a distancias de hasta 11 kilómetros del asentamiento más cercano.

La sangre no miente

Uno de los hallazgos más potentes del estudio es que la población de perros asilvestrados no es un grupo aislado de la civilización. Mediante el análisis de 84 muestras de sangre y saliva, y en colaboración con el Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano de EE.UU., se descubrió que existe una transferencia de material genético o flujo génico constante, entre los perros con sus tutores y los que vagan por el monte.

Los análisis genómicos revelaron la presencia de linajes relacionados, principalmente, con razas como el Pastor Alemán, Border Collie y Husky. “La población asilvestrada no constituye un linaje genéticamente aislado, sino que forma parte de un sistema demográfico conectado, en el que persiste flujo génico entre los distintos grupos de perros”, destaca el documento de resultados. 

Además, se identificaron relaciones de parentesco directo —padres, hijos y abuelos— entre ambos grupos, lo que demuestra que la frontera entre “lo doméstico” y “lo salvaje” es mucho más porosa de lo que se creía.

“Bagual”: más que un término científico

La investigación no se quedó sólo en los datos biológicos, sino que se adentró en la percepción humana, mediante 30 entrevistas con diversos actores locales, desde miembros del pueblo Yagán hasta pescadores y campesinos. Aquí surgió una discrepancia fundamental: la comunidad no suele usar el término científico de “perro asilvestrado”. En su lugar, impera la noción local del “perro bagual”.

“El concepto del perro asilvestrado, tal como está usado en términos científicos (aquel perro sin sustento proporcionado por los humanos), no se refleja en la data. Más bien revelamos una noción local, el perro bagual, que es el perro problemático ‘fuera de lugar’, independiente de su relación con el ser humano”, explica la investigadora en sus conclusiones. Este concepto se rige por dos pilares: la reversibilidad —un perro doméstico puede volverse bagual y un cachorro bagual puede ser “rescatado” y domesticado— y la intercambiabilidad pragmática, donde un perro comunitario puede ser visto como bagual, según su comportamiento y ubicación.

Mapas mentales vs. Cámaras-trampa

Al comparar los mapas cognitivos de los habitantes con los datos reales de las cámaras, surgió una sorpresa: no coinciden. Mientras que las personas imaginan movimientos a gran escala y zonas de peligro basadas en sus propias experiencias de avistamientos o miedo, las cámaras muestran que los perros tienen una presencia mucho más localizada.

“Los movimientos de perros fueron imaginados a una escala mucho mayor que la registrada por cámaras-trampas… Al parecer, la propia experiencia decide sobre cómo se perciben zonas de peligro, ya que se relacionaron con zonas que son conocidas y dónde hubo avistamientos de perros”, afirma el estudio. Esta brecha entre la percepción del peligro y la ubicación real de los animales, es clave para diseñar políticas de manejo que la comunidad acepte y comprenda.

Hacia una política pragmática

Finalmente, la investigación analizó el debate en redes sociales, encontrando un escenario altamente polarizado entre las visiones “zoo-céntricas” (derechos de los animales) y “eco-céntricas” (conservación de la biodiversidad). Ante esta división, la recomendación de los expertos es clara: “La ciencia debería estudiar y adoptar aproximaciones más pragmáticas que teóricas sobre el concepto del perro de libre movimiento, y utilizar métodos de transferencia atractivas para visibilizar la problemática”, concluye el informe. 

El equipo oficial del Fondecyt está integrado en Chile por el Dr. Pelayo Benavides, del Center for Local Development, CEDEL UC; Dr. Silvio Crespin, de la Escuela de Medicina Veterinaria, Facultad de Medicina Veterinaria y Agronomía, Universidad de Las Américas; Dr. César González, de la Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez; Dr. Fabián Jaksic, del Center of Applied Ecology and Sustainability (CAPES), Pontificia Universidad Católica; Dr. Dario Moreira, Departamento de Gestión Agraria, Universidad de Santiago; Dr. Roy Mackenzie y el estudiante de postgrado, Patricio Pérez, ambos del CHIC. A este grupo se suma la Dra. Thora Herrmann, de la Facultad de Humanidades, Universidad de Oulu, Finlandia.

La Dra. Schüttler agradeció además la colaboración de la Dra. Natasha Barrios, Beatriz Butrazzoni, Javier Cabello, Valeria Gómez, Claudia Hidalgo, José Llaipén, Gabriel Muñoz, Mauro Rojas, Jimena Saiter, Paulina Salazar, estancieros de Isla Navarino y a las y los tutores de perros que participaron en el estudio.

El desafío para Isla Navarino será, entonces, integrar este conocimiento genético, biológico y cultural para proteger su ecosistema, entendiendo que el perro salvaje, de una u otra forma, sigue ligado a nuestra propia historia.

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