
El Land Art —también conocido como arte de la tierra— es un movimiento artístico surgido a finales de los años 60, principalmente, en Estados Unidos y Reino Unido, como una consecuencia del arte conceptual y minimalista. Consiste en crear obras utilizando materiales naturales como tierra, hojas, piedras, ramas o agua, integrándolos al paisaje sin dañarlo. Más allá de la creación, trata de establecer un diálogo respetuoso con la naturaleza, aceptando su transformación o desaparición con el tiempo, pues las obras se degradan, se alteran o se funden nuevamente en su entorno. Según el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, esta manifestación creativa “desafió las tradiciones convencionales del arte de galerías y museos, al mover las obras al aire libre y al emplear procesos naturales de transformación como parte de la obra”.

Uno de los trabajos más conocidos de este tipo de arte es “Spiral Jetty”, construida por Robert Smithson en el desierto de Utah en 1970. Comienza con una línea en la orilla de Gran Lago Salado, y termina en una espiral en dirección contraria a las manecillas del reloj. Se necesitaron cinco mil bloques de roca basalto de color negro transportados en grandes camiones constructores para elaborarla. Por el cambio climático, la obra ha quedado bajo el agua del lago por varios años, y luego emerge con cambios considerables en su estructura.
Algunos críticos indígenas consideran este arte como una práctica arrogante del mundo blanco occidental que tiene una relación transaccional con la Tierra. De hecho, la obra de Smithson fue rechazada por su ubicación en un área geográfica que fue arrebatada por la colonización a las comunidades preexistentes. No obstante, el arte ambiental se está convirtiendo en una de las manifestaciones del principal tema político del siglo XXI, que mira con mayor respeto a los pueblos ancestrales, cuyas cosmovisiones y conductas no explotaban el planeta al punto de llevarlo a la crisis climática que se vive en la actualidad.
En este espíritu, y en medio del espesor de la Reserva Forestal de Magallanes, un grupo de estudiantes de quinto año de la carrera de Educación Parvularia de la Universidad de Magallanes (UMAG), llevó a cabo una experiencia académica que se convirtió en un encuentro profundo entre arte, naturaleza y conciencia ecológica, para la formación de las nuevas generaciones de niñeces que les tocará guiar en sus caminos de aprendizaje. La actividad fue organizada en el marco de la asignatura Articulación Formativa, por la docente Aracelli Parada Martínez, quien explicó que el objetivo era reflexionar sobre el vínculo entre la formación profesional y la responsabilidad ambiental. “De esta manera, podemos alejarnos de las plantillas estereotipadas y fomentar verdaderamente la creatividad de los niños, enseñándoles desde el patio de la escuela, desde los hogares, que la tierra también es una maestra; entregando herramientas para trabajar el arte de una manera distinta, vinculándolo con el cuidado del entorno”, explicó Parada.
Arte y naturaleza
“Trabajamos con mis compañeras un Land Art, utilizando los elementos que estaban a nuestra disposición, sin arrancar ni dañar la naturaleza, que esa es la idea”, relató Laura Leiva Loyola, una de las participantes. Trabajando con elementos naturales caídos —hojas, ramas, piedras— crearon obras individuales y colectivas en diálogo con el paisaje. Una de ellas, buscó representar “las costillas del árbol”, aunque también surgieron otras interpretaciones como la energía y la vida. “Los árboles son vida, son energía, sienten, están vivos”, reflexionó.
Esta invitación a mirar más allá de lo inmediato fue también clave para Josefa Pizarro Turina, quien utilizó hojas amarillas para crear una pieza que evocaba al sol o a cuerpos estelares. “Primero pensé en un sol, pero después lo vi y parecía como anillos espaciales, algo cósmico”, contó. Para ella, el trabajo con arte efímero permite transmitir a los niños un concepto esencial: “Hay cosas que duran un poquito de tiempo, otras que pueden durar menos. Normalmente ellos guardan sus obras en carpetitas, pero esto les enseña que también existe un arte que puede no durar para siempre”.
El Land Art también sirvió como medio de expresión identitaria. Así lo manifestó Ana Almonacid Caico, quien elaboró una representación de un kultrún mapuche. “Estoy expresando el kultrún, que es un símbolo muy sagrado y representa el crecer y vivir en contacto con la naturaleza”, explicó. “Yo soy mapuche, y todas mis raíces han crecido desde ahí. Esto para mí es muy simbólico, y es parte de lo que me hizo estar aquí hoy en la carrera”. Desde su propia experiencia de vida, Ana Patricia dio cuerpo a un puente entre conocimiento ancestral y educación contemporánea, recordando que en la relación respetuosa con la Ñuque Mapu (Madre Tierra) se fundan prácticas vitales para un futuro sostenible.

El retorno al silencio
La sensibilidad para percibir los ritmos naturales fue central en otra obra colectiva, relatada por Daniela Miranda Donique. “Queríamos representar cómo la naturaleza fluye. Lo hicimos a través de lo que parece un árbol, y pusimos con ramas más pequeñas algunos copos de nieve. Era la idea de mostrar el paisaje magallánico y cómo la naturaleza fluye hacia su inicio, hacia dónde corre el río”, detalló.
Daniela destacó la importancia de reconectar, en un mundo acelerado, con la lentitud y el silencio de la naturaleza: “En el día a día uno pierde esa conexión. Estar aquí, tocar la tierra, respirar aire puro, estar en un lugar de silencio… es volver a ver lo hermoso y delicado que es todo, y trabajar con ello sin dañarlo”. La experiencia no sólo inspiró a las estudiantes, sino también a quienes acompañaron la actividad desde otros roles. Elisa Rodríguez Aguilar, profesora de Literatura Infantil de la misma carrera, fue una de ellas. “Vine a guiar un poco el camino y a manifestar la importancia de ingresar en silencio al bosque, oyendo el sonido de los árboles”, relató.
Elisa también creó una pequeña obra a partir de un tronco que le evocó una calabaza: “Observé, y algo me llamó la atención. Trabajé en silencio, sin comunicarme con nadie más que conmigo y el entorno. Entré en ese estado que los terapeutas ocupacionales llaman flow, donde el tiempo pasa sin darte cuenta porque el agrado es tal que te absorbe”.




