Los esfuerzos científicos conocidos intentan identificar los venenos que pueden deteriorar la salud de las personas que consumimos organismos marinos. Pero también hay investigaciones que buscan entender cómo las “mareas rojas” afectan a las especies que habitan estos ecosistemas. De hecho, estudios presentados en el contexto de ICHA 2025, dieron cuenta de un tipo de toxina que impide a los peces respirar, y de la cual no pueden escapar aquéllos que viven en las jaulas de la acuicultura.
El mundo microscópico es alucinante, inagotable y complejo. Bien lo sabe el Dr. Bernd Krock, Jefe de la Sección de Ecología Química en el Instituto Alfred Wegener (AWI) en Alemania. Durante más de 20 años, se ha dedicado a investigar las toxinas marinas y las floraciones de algas nocivas, buscando entender por qué estas microalgas —que técnicamente funcionan como plantas al hacer fotosíntesis— producen armas químicas para eliminar a sus competidores o depredadores.
En la conferencia internacional ICHA 2025, realizada a fines del año pasado en Punta Arenas, Krock hizo una presentación titulada “Lo que sabemos sobre las especies de microalgas ictiotóxicas y sus toxinas”. A pesar de décadas de estudio, afirmó que la ciencia aún está empezando a comprender estas moléculas. “La verdad es que no sabemos mucho”, confesó, explicando que el avance es lento porque estas sustancias son tan grandes y complejas, que los métodos estándar de laboratorio a veces fallan al intentar manipularlas o aislarlas.
Pequeñas, pero muy dañinas
El Dr. Krock busca descifrar las sustancias que producen las microalgas ictiotóxicas, es decir, aquéllas que son tóxicas, específicamente, para los peces.

A diferencia de otras toxinas marinas que conocemos —como las que causan la “marea roja” y afectan a los humanos al comer mariscos— estas “ictiotoxinas” funcionan de una manera única. Son moléculas gigantes denominadas poliquétidos, compuestos químicos derivados de los ácidos grasos (similares a los aceites o grasas que conocemos en la vida cotidiana), que tienen la particularidad de ser extremadamente largos y “pegajosos” a nivel molecular. Debido a su tamaño y a fuerzas físicas de atracción, se insertan en las membranas de las células de otros organismos, desintegrándolas. En el caso de los peces, atacan las delicadas membranas de sus branquias.
Las branquias son órganos respiratorios presentes en peces, moluscos, crustáceos y larvas de anfibios, compuestos por filamentos muy irrigados que funcionan mediante difusión sanguínea para extraer oxígeno disuelto en el agua, y eliminar dióxido de carbono. En otras palabras, esta estructura química les impide respirar, provocando que, paradójicamente, mueran ahogados bajo el agua.

El desafío de la acuicultura y el impacto en Chile
Aunque las mortandades de peces por algas han ocurrido siempre en la naturaleza, el problema se ha vuelto crítico con el auge de la acuicultura. En estado salvaje, los peces simplemente huyen cuando detectan una floración nociva; sin embargo, en los centros de cultivo, los peces están confinados en jaulas y no tienen escapatoria.
En Chile, este es un tema de vital importancia económica y ecológica. Especies como Pseudochattonella verruculosa, han causado pérdidas masivas en zonas como Aysén. Una de las más brutales ocurrió en 2016, pues afectó 45 centros de cultivo, y generó pérdidas cercanas a los US $800 millones en la industria salmonicultora.

Los registros recopilados por el Centro de Investigaciones Biológicas Aplicadas (CIBA) desde 2018, muestran que esta microalga se presenta, principalmente, durante la temporada estival, con una recurrencia marcada en la XI región (Melinka, Puerto Aysén y Puerto Cisnes). Según su trabajo —publicado en la revista Mundo Acuícola— se observan los valores promedio multianuales más altos del conjunto, especialmente, entre enero y marzo. Y advierten que la especie mantiene un rol activo, conservando la capacidad de incrementarse rápidamente en condiciones favorables.
Krock aclara que la acuicultura no “crea” estas algas, pero los desechos y nutrientes de las salmoneras, pueden actuar como un fertilizante que favorece que estas microalgas se multipliquen de forma explosiva, creando las llamadas “floraciones”.
Seguridad humana y colaboración científica

Una duda frecuente para la ciudadanía es si estas toxinas pueden afectarnos. El Dr. Krock es enfático: estas ictiotoxinas no afectan a los seres humanos. El pez afectado no está “envenenado” en su carne, sino que ha sufrido un daño mecánico y celular en sus branquias, por lo tanto, no representan un riesgo de intoxicación para quien consuma el pescado, aunque, comercialmente, el impacto por la pérdida de biomasa sea enorme.
El científico alemán destaca que su vínculo con nuestro país es estrecho, colaborando con múltiples instituciones como la Universidad de Magallanes (UMAG), IFOP, y diversas universidades desde Santiago hasta Puerto Montt. A pesar de que la investigación marina es difícil de financiar, Krock mantiene su entusiasmo por trabajar en las costas chilenas, motivado por la urgencia de encontrar soluciones para un problema que es, a la vez, global y profundamente local.

