La memoria de los anillos es fundamental para entender las transformaciones ambientales de los últimos siglos en cualquier territorio. En la Patagonia austral, la UMAG está desentrañando esa información con dendrocronología, a través del monitoreo de distintas especies del género Nothofagus, como la lenga y el coigüe. 

 

Dendrocronología es una palabra compuesta por tres términos que vienen del idioma griego: dendro (que significa árbol), crono (que significa tiempo) y logía (que significa estudio). La dendrocronología, entonces, es el estudio del crecimiento de los árboles, a través de sus anillos interiores, cada uno de los cuales representa un año. A diferencia de los registros fósiles o glaciológicos que abarcan escalas milenarias, permite generar registros paleoambientales de alta resolución, correspondientes a los últimos siglos. 

Foto: Christian Bringas Thogrnhill

A eso se dedica el equipo científico del Laboratorio de Dendrocronología de la Universidad de Magallanes (UMAG). El Dendrolab analiza la forma en que las especies emblemáticas reaccionan ante factores como la temperatura, las precipitaciones y los vientos. En el contexto del primer Simposio de Ciencias de la Tierra en Áreas Silvestres Protegidas, el investigador Christian Bringas Thogrnhill presentó hallazgos reveladores sobre cómo los bosques de la región están respondiendo a las transformaciones ambientales. 

El cinturón de los vientos

Según Bringas, el clima de Magallanes está fuertemente influenciado por el Modo Anular del Sur (SAM, por sus siglas en inglés). Este sistema es el principal patrón de variabilidad climática que rige en el hemisferio sur, y se caracteriza por el desplazamiento norte-sur de un cinturón de vientos del oeste que rodea la Antártica. La interacción configura un gradiente bioclimático que transita desde bosques siempreverdes hasta la pampa. 

El SAM influye en las precipitaciones, temperaturas y frentes fríos en Chile, Argentina, Australia y Nueva Zelanda. Es un factor crucial para la agricultura y el suministro de agua. En las últimas décadas, ha mostrado una tendencia hacia la contracción en el polo. Según informó Bringas, esto ha generado veranos más cálidos y secos, con un aumento de eventos climáticos extremos en años recientes.

Para profundizar en estos hallazgos, el laboratorio utiliza tecnologías permiten reconstruir con precisión la variabilidad climática histórica. De este modo, además, se pueden proyectar riesgos de mortalidad forestal. 

Monitoreo de precisión 

Para capturar la variabilidad fisiológica con precisión intra-anual, se han implementado sistemas de monitoreo continuo en lugares como Isla Navarino. Mediante dendrómetros electrónicos, registran las fluctuaciones del radio del tronco en intervalos de 15 minutos, permitiendo identificar el inicio, cese y la tasa de crecimiento estacional.

¿Qué árboles están estudiando? Principalmente, de tres especies con comportamientos distintos ante el cambio climático: Lenga (Nothofagus pumilio), Coigüe de Magallanes (Nothofagus betuloides) y Ciprés de las Guaitecas (Pilgerodendron uviferum).

Gracias a esta red de monitoreo, el laboratorio puede evaluar la plasticidad de las respuestas forestales ante escenarios de cambio climático global; determinar los niveles críticos de tolerancia ecofisiológica ante el estrés térmico e hídrico, y cuantificar los riesgos de mortalidad y pérdida de biomasa frente a eventos climáticos extremos. 

La memoria climática de los anillos

Según el análisis, la Lenga exhibe una marcada sensibilidad al sitio de crecimiento, es decir, su respuesta está dictada por condiciones microambientales y topográficas locales, antes que por la simple cercanía espacial. Además, esta especie crece más conforme aumenta la temperatura -entre noviembre y fines de enero- lo que se traduce en anillos más anchos que facilitan reconstrucciones históricas de alta fidelidad. 

Lenga

Igualmente, se ha documentado un fenómeno de “marroneamiento” foliar (pérdida de vigor fotosintético). Históricamente, este proceso seguía un ciclo de aproximadamente 7 años; sin embargo, los datos recientes sugieren que este ciclo se está rompiendo o desapareciendo, debido al aumento de las sequías, lo que altera la resiliencia biológica del bosque.

A diferencia de la Lenga, el Coigüe de Magallanes muestra una respuesta negativa ante el incremento de las temperaturas extremas. Los veranos secos generan un déficit hídrico que contrae el crecimiento radial de la especie -concentrada entre noviembre y fines de febrero. En otras palabras, el calor actúa como un freno.

Por último, el Ciprés de las Guaitecas es el taxón más longevo de la región, con registros de hasta 600 años en la Península de Brunswick. A diferencia de la heterogeneidad de la Lenga, esta especie permite la construcción de una cronología maestra debido a su respuesta homogénea en todo el territorio. Actualmente, experimenta un decrecimiento cíclico en su ritmo de desarrollo, pues su crecimiento se ve favorecido por la lluvia y perjudicado por el calor. 

Énfasis en el cuidado

Christian Bringas Thogrnhill presentando en el Simposio.

Según los estudios del Dendrolab de la UMAG, el aumento de la temperatura beneficia marginalmente a la Lenga en términos de crecimiento radial, pero induce un estrés hídrico crítico en el Coigüe y el Ciprés de las Guaitecas. En suma, confirma que existe una tendencia clara hacia la alteración de los ciclos de crecimiento, y la ruptura de patrones biológicos establecidos. Es más: también subraya que el aceleramiento de los cambios, carece de precedentes en el registro paleoambiental de los últimos siglos en la región.

Bringas concluyó su exposición con una reflexión sobre la vulnerabilidad de estos ecosistemas. Advirtió que, aunque algunos decrecimientos en el bosque pueden ser cíclicos, el cambio climático y la acción humana —como el uso indiscriminado de la motosierra— representan una amenaza real. “Todos somos parte de los ecosistemas, es importante que pongamos énfasis en cuidarlos y protegerlos”, enfatizó el investigador.

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