A 37 años de la creación del IPCC, y tras casi dos décadas del Nobel de la Paz, una publicación especial recupera voces clave de la ciencia climática en Chile —como Jorge Carrasco y Gino Casassa y el fallecido Sergio González Martineaux— para reflexionar sobre el legado de evidencia científica del panel, la urgencia de la adaptación y el rol ético de la evidencia científica frente al colapso climático.


En el año 2007, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Este reconocimiento, compartido con el ex vicepresidente estadounidense Al Gore, no fue únicamente simbólico: marcó un punto de inflexión en la historia reciente del ambientalismo global, al destacar el rol crucial que juega la ciencia climática en la promoción de la paz, la prevención de conflictos derivados del deterioro ambiental y la búsqueda de soluciones ante el mayor desafío socioambiental de nuestra era.
A 37 años de la creación del IPCC por parte de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP), una edición especial revisita ese legado en un momento clave para el planeta. El volumen reúne aportes de destacadas voces científicas integrantes del Panel, y co-receptores del Nobel, como el Dr. Jorge Carrasco Cerda, el Dr. Gino Casassa Rogazinski, el Dr. Luís Abdón Cifuentes y el M.Sc. Sergio González Martineaux (Q.E.P.D.), este último, en una entrevista inédita realizada en 2019.
Ciencia, evidencia y política: los informes del IPCC
La publicación parte con un repaso por los seis ciclos de evaluación del IPCC, donde cada nuevo informe ha reforzado la certeza científica respecto del cambio climático y su origen humano. Según se consigna en el texto, el Cuarto Informe (2007) fue el primero en concluir, con alta certeza estadística, que el calentamiento del sistema climático era “inequívoco”. Desde entonces, la evidencia ha sido cada vez más clara: pérdida global de hielo, aumento del contenido térmico del océano, acidificación de las aguas profundas y aumento del nivel del mar son hoy procesos observables y cuantificables que, como advierte el Dr. Carrasco, “no tienen precedentes en cientos de miles de años”.

La contribución del IPCC al conocimiento no apunta solamente a describir cambios climáticos, sino a interpretar sus implicancias sociales, políticas y económicas. Como recalca el mismo organismo y retoman varios autores del libro, el objetivo no es sólo “preservar el planeta”, sino “preservar nuestra sociedad” frente a las consecuencias del colapso climático.
Diagnóstico nacional: Chile entre la esperanza y la omisión
Uno de los aportes más singulares del volumen es la mirada crítica de Sergio González Martineaux, investigador del INIA y miembro del Task Force Bureau del IPCC, respecto al rol de Chile en el proceso global de mitigación y adaptación. En su entrevista, González recuerda que la entrega del Nobel al IPCC motivó a diversas universidades y centros de investigación chilenos a nominar expertos como parte del panel, lo que incrementó la participación del país en la elaboración de informes posteriores.

Sin embargo, también lamenta la lentitud con que Chile asumió el desafío. Mientras el Tercer Informe del IPCC (2001) pasó prácticamente inadvertido en la prensa nacional, el Cuarto (2007) comenzó a instalar la temática en el discurso político. Recién con la designación de Chile como sede de la COP25 en 2019, se produjo un cambio sustantivo, aunque para González “la esperanza estaba puesta en Chile”, pero aún predominaba el escepticismo sobre los verdaderos impactos de la negociación climática global.
Tecnoestructuras y adaptación: desafíos urgentes

Otro de los tópicos abordados por González en su testimonio es el concepto de “tecnoestructuras sustentables”. Aunque reconoce que toda infraestructura requiere de insumos materiales y energéticos provenientes del entorno, plantea que sí es posible diseñar estructuras más eficientes, por ejemplo, a través de la agricultura urbana, el uso de energías renovables y el control de los impactos negativos. Esta visión complementa la doble estrategia de mitigación y adaptación que el IPCC ha propuesto como horizonte de política pública.
Respecto a las áreas silvestres protegidas, González argumenta que su valor va más allá del turismo o la conservación simbólica: son espacios clave para mantener los procesos de evolución natural, los ciclos hidrológicos y los servicios ecosistémicos. Si bien reconoce la apertura controlada al agroturismo por motivos financieros, advierte que ello debe hacerse sin afectar la integridad ecológica de los ecosistemas protegidos.
Un llamado ético desde la ciencia

La publicación cierra con un tono ético y pedagógico. Se insiste en que el cambio climático no es sólo un problema ambiental, sino fundamentalmente un problema social. Así lo sintetiza el texto: “los incendios, inundaciones y derrumbes afectan directamente a las personas”. La transición en las imágenes icónicas del ambientalismo —de un oso polar famélico a comunidades desplazadas o zonas arrasadas por fenómenos extremos— refleja esta transformación en la narrativa pública.

Por eso, el llamado del IPCC y de quienes integran esta obra no es a preservar el planeta en abstracto, sino a sostener civilizaciones humanas dignas en medio de un contexto planetario en crisis. En palabras de González: “la gente común debe asumir este tema como propio sin esperar que la autoridad de turno le diga lo que debiera o no hacer”.
El diseño, arte y diagramación estuvo a cargo de la Revista Nueva Diplomacia. Contó con la dirección de Cristian Szott Medina, y el apoyo de un proyecto FONDECYT Regular financiado por ANID, y adjudicado por el investigador asociado de la Universidad de Magallanes (UMAG), Jorge Carrasco Cerda.

