Dos investigadores de la UMAG participaron en una publicación destinada a dar a conocer los servicios ecosistémicos de las turberas en el extremo sur del continente americano, y su importante rol en la descarbonización del planeta. 

Advirtieron que ese aporte podría desaparecer si no se detiene su degradación ni se integran estos hallazgos en las políticas públicas.

 

Las turberas del sur de Chile superan los 4,5 millones de hectáreas entre Aysén y Magallanes, y constituyen uno de los reservorios de carbono más importantes del planeta. Estas formaciones vegetales contienen cerca del 1% del carbono almacenado en todas las turberas del mundo. Sin embargo, su rol como aliados clave frente al cambio climático no está asegurado. 

Así lo afirma el capítulo “Dinámica del carbono en turberas de la Patagonia Chilena”, que forma parte del libro Funciones y servicios ecosistémicos de las turberas de Sphagnum en la región de Aysén (Colección Libros INIA N° 41, 2021), y que surge de un estudio realizado por el Dr. Jorge Hoyos-Santillan, investigador del School of Biosciences de la University of Nottingham (Reino Unido), del Laboratorio de Biogeoquímica Ambiental en Ecosistemas Extremos y del Network for Extreme Environments Research (NEXER) de la Universidad de Magallanes (UMAG), junto con la Dra. Claudia A. Mansilla, investigadora del Centro de Investigación GAIA Antártica y también integrante de NEXER. 

Al mismo tiempo, ambos académicos advierten que la información sobre la dinámica del carbono en turberas patagónicas sigue siendo limitada, lo que impide definir con certeza su capacidad de acumulación a corto, mediano y largo plazo. “Uno de los aspectos centrales que se deben conocer con certeza es la tasa de acumulación de turba y carbono”, afirman.

Entre dejar de capturar y comenzar a emitir

Una turbera se comporta como un sumidero de carbono —sistema que absorbe CO2 de la atmósfera— cuando la tasa de acumulación de materia orgánica excede la tasa de descomposición. Esta función depende de factores como la temperatura, la saturación hídrica, la composición química de la biomasa vegetal y la actividad de microorganismos.

El estudio indica que, bajo condiciones estables, las turberas del sur de Chile acumulan un promedio de 12,25 gramos de carbono por metro cuadrado al año, con una variación estimada de alrededor de 0,55 gramos (12,25 ± 0,55 gramos). Pero este equilibrio es frágil: si se altera la hidrología, se extrae vegetación o se drena el terreno, puede invertirse la relación entre acumulación y descomposición. En otras palabras, “el incremento de la temperatura y la disminución de precipitación en algunas regiones de la Patagonia podrían transformar estos ecosistemas de sumideros a fuentes emisoras netas de carbono hacia la atmósfera”, alertan Hoyos-Santillan y Mansilla.

El texto detalla que en promedio, la capa de turba crece, aproximadamente, 0.43 milímetros cada año (tasa de formación de turba de 0,43 ± 0,02 mm/año). Esto significa que es un proceso muy lento, y cada metro de espesor puede tardar más de mil años en formarse. Esta velocidad se explica por la descomposición natural de la biomasa en la capa superficial de la turbera, conocida como acrotelmo. Sólo una parte de esa materia logra acumularse como turba en el catotelmo, es decir, la capa inferior que permanece saturada de agua.

Turberas. Foto: CHIC.

Por esta razón, advierten que las tasas de acumulación calculadas en estudios que sólo consideran la superficie de las turberas, tienden a sobreestimar su capacidad de secuestro de carbono. El texto propone revisar críticamente estos datos antes de usarlos en políticas públicas.

Compromisos climáticos y base científica 

Turberas Isla Navarino, Chile. Foto: CHIC

Chile ha incluido a las turberas en sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) ante las Naciones Unidas. En la actualización de 2020, se comprometió a desarrollar un inventario nacional hacia 2025 (UTCUTS N°7), y a implementar métricas estandarizadas para evaluar su capacidad de adaptación y mitigación al cambio climático en 5 sitios piloto antes de 2030 (UTCUTS N°8). Para cumplir estos compromisos, el país necesita generar una línea base científica robusta, que permita identificar áreas prioritarias de conservación, restauración y monitoreo. La ausencia de datos sistematizados, así como la incertidumbre en las estimaciones de carbono acumulado, representan obstáculos críticos.

Donatia fascicularis. Natalia Tkach y Martín Röser.

Además de almacenar carbono, las turberas patagónicas presentan bajas emisiones de metano (CH₄) en comparación con otras regiones del mundo. Esto se debe, en parte, a especies vegetales como Astelia pumila y Donatia fascicularis, que transportan oxígeno hacia el catotelmo, inhibiendo la actividad de microorganismos metanogénicos.

Este fenómeno, conocido como “conductancia vegetal de oxígeno”, convierte a las turberas del sur de Chile en espacios aún más relevantes para las estrategias climáticas, ya que contribuyen con menor intensidad al calentamiento global a través del metano.

Una urgencia política y ecológica

Los autores concluyen que, en conjunto con los bosques nativos, las turberas del país podrían sustentar una ruta hacia la neutralidad en carbono que sea resiliente frente a futuras crisis globales. Pero esto sólo será posible si se detiene su explotación comercial, se protege su estructura ecológica y se integra el conocimiento científico en las políticas públicas.

“La incertidumbre en la estimación del área y los depósitos de carbono en turberas representa uno de los retos más importantes para la inclusión de estos ecosistemas dentro de las acciones climáticas”, subrayan. En un contexto donde se multiplican las amenazas por cambio de uso del suelo y megaproyectos industriales, la defensa de las turberas se vuelve una prioridad de Estado.

Hoyos-Santillan agradeció el financiamiento ANID/FONDECYT 11200024, y Mansilla, el financiamiento otorgado por el Proyecto PAI/SIA 77180002, ANID, Chile.

 

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