La Dra. Ingrid Hebel Carreño, agrónoma especializada en genética y académica investigadora de la Universidad de Magallanes (UMAG), está promoviendo la idea de que la región más austral de Chile puede y debe afianzar su soberanía alimentaria.

Trigo sembrado en el Instituto de la Patagonia de la UMAG, Magallanes.

 

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el hambre es una sensación física incómoda o dolorosa, causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria, que se vuelve crónica cuando impide a la persona llevar una vida normal, activa y saludable.

También define la inseguridad alimentaria como la carencia de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos, por falta tanto de disponibilidad como de recursos para obtenerlos. De hecho, el segundo de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU es acabar con el hambre, lograr la seguridad alimentaria y una mejor nutrición, y promover la agricultura sostenible.

En este contexto de importancia global, la Dra. Ingrid Hebel Carreño, agrónoma especializada en genética y académica investigadora de la Universidad de Magallanes (UMAG), está promoviendo la idea de que la región más austral de Chile puede y debe afianzar su soberanía alimentaria. A su juicio, “en Magallanes usamos con orgullo la expresión ‘república independiente’, pero en términos alimentarios, esa independencia no existe. Somos tremendamente vulnerables”.

Dependencia externa y soberanía alimentaria

Dra. Ingrid Hebel Carreño.

La región de Magallanes es, en términos alimentarios, una región altamente dependiente del abastecimiento externo. La mayoría de las frutas y hortalizas provienen del centro y norte de Chile, o incluso de los países del Mercosur, lo que la hace vulnerable a cualquier interrupción en la cadena de suministro. Esto queda en evidencia durante distintas movilizaciones que han bloqueado el acceso de productos básicos al territorio.

Para la Dra. Hebel, esta dependencia es preocupante, no sólo por la logística y los costos que implica, sino también porque impacta directamente en la calidad y disponibilidad de los alimentos que consumen los habitantes de la región. Por eso, enfatiza en la urgencia de pensar en alimentos locales saludables y con mínimo de agroquímicos. “Veo con envidia cómo otros países invierten en tecnología de punta para producir sus propias verduras en contra-estación, independiente de las condiciones ambientales”, afirma.

Para la académica, esta vulnerabilidad se hace especialmente patente en el contexto de crisis climática. Mientras en otros países se apuesta por invernaderos de alta tecnología y se investigan variedades tolerantes a climas extremos, en Magallanes falta un plan de largo plazo que considere la posibilidad de producir alimentos de manera estable y segura. “Debemos prepararnos para un escenario donde el cambio en la distribución de las precipitaciones, el derretimiento de los suelos helados o la aparición de nuevas plagas se vuelvan parte de nuestra realidad”, añade. “La seguridad alimentaria no es sólo una meta, es una responsabilidad con las generaciones futuras”.

Trabajando por el cambio

Especie de trigo enviada desde México a Chile.

La Dra. Hebel Carreño está liderando una iniciativa que busca cambiar esa realidad. A través de la introducción y ensayo de variedades de trigo en el Centro Hortícola del Instituto de la Patagonia, la investigadora de la UMAG está explorando la viabilidad de este cultivo en el extremo austral, al tiempo que abre una discusión clave sobre la soberanía alimentaria en la región.

Este “vivero” adaptado a climas extremos es una iniciativa desarrollada en conjunto con el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT). Las variedades de trigo en prueba han mostrado una adaptación prometedora. A pesar de haber sido sembradas más tarde de lo recomendado, en sólo tres meses ya estaban en etapa de espiga, cuando normalmente requieren siete meses para completar su ciclo. Su menor altura (entre 60 y 70 cm) es una clave de ventaja en una región, donde el viento puede tumbar cultivos más altos y frágiles.

“Siempre ha habido este mito de que en Magallanes no se podía cultivar trigo de manera rentable. Pero olvidamos que, hace más de un siglo, en Porvenir se producía este cereal. Mi interés es demostrar, con base científica, que podemos volver a hacerlo, adaptándonos a los requisitos actuales de rendimiento y calidad”, destaca Hebel. Además, explica que su equipo del Laboratorio de Biotecnología Vegetal compara los resultados de distintos genotipos de trigo con datos climáticos de la región, lo que permitirá elegir las mejores variedades para la zona.

El siguiente paso será probar variedades de trigo de invierno, que requieren un ciclo de crecimiento más largo, pero que podrían ofrecer mayores rendimientos y nuevas posibilidades de cultivo en la región. Hebel planea probar nuevas variedades provenientes de Turquía y Siberia.

Rotación de cultivos para cuidar el suelo

Dra. Hebel con la estudiante Scarlette Sanhueza.

El proyecto de trigo también busca un cambio de paradigma en la sostenibilidad agrícola. Incorporar prácticas agronómicas como la rotación de cultivos en un entorno donde, durante décadas, la papa ha sido prácticamente la única opción, se rompe el ciclo de enfermedades y se enriquece la tierra con materia orgánica, factores que benefician tanto la calidad del suelo como la productividad de largo plazo.

“La seguridad alimentaria no sólo se trata de que haya comida, sino de que podamos producirla de manera sostenible en el tiempo. Hoy en Magallanes, si quieres hacer un cultivo extensivo, la única opción real es la papa. No hay rotación, y eso genera problemas en los suelos y aumenta la aparición de plagas. Si logramos adaptar trigo a esta zona, podemos cambiar ese escenario”, explica la investigadora.

Hebel enfatiza en la necesidad de promover estrategias agrícolas sustentables, como cero labranza o labranza mínima, que permitan mantener la materia orgánica del suelo y evitar daños ambientales.

La integración entre investigación y docencia es parte central de la visión de soberanía alimentaria que propone Hebel. Además de generar conocimiento científico, el vivero experimental nutre la formación profesional de sus estudiantes de Agronomía, preparándoles para asumir la responsabilidad social de producir alimentos locales saludables y en armonía con el entorno.

“Los estudiantes aprenden a evaluar variedades considerando aspectos claves, como resistencia a heladas, duración del ciclo productivo y rendimiento, pero también toman conciencia de la responsabilidad que significa producir alimentos sanos para la comunidad”, dice. Actualmente, la estudiante de cuarto año, Scarlette Sanhueza, está evaluando las variedades sembradas, midiendo características como altura de las plantas, largo de las espigas y tolerancia a condiciones climáticas adversas. Esta experiencia le permitirá adelantar su tesis de grado.

Para mayor información de la visión país en este tema, puedes acceder a la Estrategia Nacional de Soberanía para la Seguridad Alimentaria de Chile.

Estudiante de Agronomía, Alan Basoalto. Cosecha del trigo en marzo de 2025.
Estudiante de Agronomía, Camila Núñez. Cosecha del trigo en marzo de 2025.

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