Desde su experiencia en Europa y el Atlántico norte, el investigador Aldo Barreiro analiza cómo el aumento de temperatura, el exceso de nutrientes y las limitaciones de la acción política, están intensificando las mareas rojas a escala global, con impactos cada vez más visibles en los ecosistemas y economías costeras de Chile y el mundo.
En un escenario marcado por la expansión de las floraciones algales nocivas y la creciente preocupación global frente al cambio climático, la experiencia comparada entre territorios distantes adquiere un valor estratégico. Ese ejercicio atravesó la conversación que tuvimos como gaceta Polo con Aldo Barreiro Felpeto, durante la última Conferencia ICHA 2025, encuentro internacional realizado en octubre pasado en Punta Arenas, que reunió a especialistas en mareas rojas y blooms tóxicos, provenientes de distintas regiones del mundo.

El Dr. Barreiro Felpeto es investigador de origen español, formado en la Universidad de Vigo, donde realizó su tesis doctoral sobre interacciones entre zooplancton y fitoplancton tóxico. Su trayectoria lo llevó luego a un postdoctorado en Estados Unidos, enfocado en la modificación dinámica del plancton, y posteriormente a Portugal, donde profundizó en ficología química. Hoy es investigador y profesor asociado en la Universidad de Porto.
Un fenómeno global que conecta territorios
En ICHA 2025, Barreiro presentó un trabajo centrado en Alexandrium y en la transmisión de toxinas a lo largo de la cadena trófica. “Un trabajo sobre cómo se transmiten las toxinas a lo largo de la cadena trófica (…) es ese mecanismo el que lleva a contaminar el marisco que consumimos”, explicó. El hallazgo revela que algunas especies desarrollan resistencia evolutiva a las toxinas. “Podría parecer bueno, pero en realidad es malo, porque eso quiere decir que las siguen consumiendo y siguen transmitiendo las toxinas”.

Pese a manifestarse en contextos geográficos diversos, estos fenómenos tienen patrones comunes. “La marea roja de Alexandrium, que es un dinoflagelado muy frecuente aquí, causa muchos de esos problemas, y resulta que en mi región de España también”, explicó. Aunque no se trate exactamente de las mismas especies, las microalgas involucradas producen “el mismo tipo de toxinas, el mismo tipo de síndromes, se manifiestan de la misma manera, y provocan las mismas pérdidas económicas”.
Barreiro cuenta que el océano actúa como un sistema de conexión global. “Uno puede pensar que estamos muy lejos, pero por el océano todo se acaba transmitiendo, y todo lo que tenemos allá, también está aquí, realmente”. Esta continuidad oceánica permite comparar lo que ocurre en la península ibérica con lo que se observa en el sur de Chile, aunque reconociendo diferencias de escala. En ese sentido, destacó que “aquí en Chile es mucho más grande, y el aumento de la extensión es mucho mayor”.
¿Por qué evoluciona el fenómeno?
Consultado por la evolución reciente de estos eventos, Barreiro confirmó que el incremento de temperatura es un factor clave. “Está claro que el aumento de temperatura está en todo el planeta (…) en el mar también se manifiesta (…) y se sabe que a la mayoría de microalgas que producen mareas rojas, les viene bien este aumento”.

A ello se suma la eutrofización, es decir, el enriquecimiento excesivo de nutrientes (principalmente nitrógeno y fósforo) en un cuerpo de agua, lo que causa un crecimiento descontrolado de algas y plantas acuáticas, formando una capa verde que bloquea la luz solar, mata la vegetación de fondo, consume oxígeno al descomponerse y crea inhóspitas para peces y otras formas de vida. Barreiro afirmó que, en este caso, está asociada al aporte de nutrientes de origen humano, principalmente, desde la agricultura, la ganadería y las actividades acuícolas.
Sin embargo, introdujo una advertencia relevante: el aumento aparente de mareas rojas también está relacionado con una mejora sustantiva en los sistemas de monitoreo. “Los sistemas de detección son muchísimo más rápidos, más potentes (…) hace 40 años no existían, prácticamente”, precisó. No obstante, recalcó que “incluso considerando eso, sigue siendo cierto que, en los últimos 20 años, el cambio climático se manifestó en un aumento de las mareas rojas a nivel global”.
Proyecciones y límites de la acción política
Respecto a los escenarios futuros, el investigador dice que “se prevé que todo va a ir empeorando, o sea, que la extensión va a ser cada vez mayor, y que la intensidad de los blooms va a seguir aumentando”. Frente a este panorama, el rol de las políticas públicas aparece tensionado por su vínculo con las economías costeras. “Las mareas rojas causan pérdidas, pero la eutrofización proviene, en gran medida, de las actividades de acuicultura”, explicó, subrayando la dificultad de reducir sectores productivos en expansión.

En ese contexto, consideró que la principal herramienta disponible es el control y el monitoreo. “Lo único que está en sus manos es implementar medidas de control eficientes (…) sistemas de monitoreo que controlen muy bien cuándo se puede consumir y cuándo no”. Aunque reconoce conflictos sociales asociados a estas medidas, sostuvo que se trata de procesos de aprendizaje institucional. “Hace 20 o 30 años estaba todo peor, y ahora van más o menos aprendiendo de los errores”.
La conversación se amplió hacia el cambio climático global y los recientes debates sobre puntos de no retorno, como el caso de los corales. Barreiro se mostró pesimista. “El cambio climático es un problema que probablemente sea irreversible ya. Y yo, personalmente, soy pesimista”. Si bien reconoció avances parciales en reducción y control de emisiones, afirmó que “el problema fundamental en realidad sigue ahí. Y no parece factible resolverlo a corto plazo”.
Sobre los sistemas climáticos complejos, advirtió que existen umbrales críticos difíciles de predecir. “El clima es un sistema muy complejo (…) podrían romperse al superar un determinado umbral. Nos esperan desastres que nadie puede predecir cuándo se van a dar y si se van a dar o no, pero que están ahí, la amenaza está ahí”, concluyó.


