Tres investigaciones que acaban de ser publicadas en el volumen 53 de la revista Magallania, desde escalas y temporalidades distintas, abordan un mismo problema de fondo: la relación persistente entre las sociedades humanas y los entornos extremos del extremo sur. 

A través del estudio arqueológico de tecnologías adaptativas, el análisis de relatos científicos y narrativos tempranos sobre la Antártica, y la recuperación de documentos cartográficos asociados a la colonización productiva de Tierra del Fuego, los artículos muestran cómo el conocimiento, el registro sistemático y la infraestructura material han sido herramientas centrales para comprender, ocupar y transformar territorios históricamente aislados.

Lejos de constituir episodios desconectados, estos trabajos dialogan entre sí al evidenciar que la vida en ambientes fríos, remotos y complejos ha exigido respuestas técnicas, simbólicas y organizativas específicas, muchas de las cuales continúan influyendo en la forma en que hoy se interpretan estos espacios.

Cerámica y adaptación climática en la estepa patagónica

El primer artículo -de Pablo E. Bianchi, George A. Brook y Nora V. Franco- analiza un conjunto de fragmentos cerámicos recuperados en la localidad arqueológica 17 de Marzo, situada al norte del río Chico, en la provincia de Santa Cruz, Argentina. A partir de fechados radiocarbónicos y análisis de isótopos estables aplicados a residuos orgánicos adheridos a las vasijas, la investigación determina que estas piezas fueron utilizadas principalmente para el procesamiento de grasa animal, en especial de guanaco.

Uno de los resultados centrales es que la incorporación de la alfarería en la estepa central fue tardía en comparación con regiones cordilleranas y costeras. Esta adopción tecnológica coincide temporalmente con la Pequeña Edad de Hielo, un periodo caracterizado por condiciones más frías y húmedas en la región. En este contexto, los autores plantean que el uso de cerámica pudo constituir una estrategia adaptativa frente a las fluctuaciones en la disponibilidad de recursos durante el Holoceno tardío, permitiendo optimizar el aprovechamiento energético de la fauna en un escenario ambiental cambiante.

Ciencia y experiencia en los primeros relatos antárticos

El segundo estudio -del investigador del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural Daniel Quiroz Larrea- se sitúa en enero de 1830 y examina los escritos de James Eights y Jeremiah N. Reynolds, integrantes de una expedición norteamericana que alcanzó las islas Shetland del Sur. Ambos textos, aunque producidos en el mismo contexto expedicionario, ofrecen miradas contrastantes sobre la Antártica.

El informe de Eights se presenta como una “historia natural”, con un enfoque descriptivo y sistemático sobre la geología, la flora y la fauna del archipiélago, incluyendo el registro de fósiles. En contraste, el relato de Reynolds adopta el tono de una bitácora de viaje, centrada en las vivencias cotidianas de la tripulación, las dificultades de la navegación y la experiencia sensorial de la niebla, el frío y el aislamiento.

El artículo subraya que estos documentos resultan clave para comprender la construcción temprana del imaginario occidental sobre la Antártica, en un momento marcado por la sobreexplotación de lobos marinos y el inicio de una transición hacia formas más sistemáticas de conocimiento científico del territorio.

Cartografiar para transformar: la huella de Alejo Marcou en Tierra del Fuego

El tercer trabajo -de Samuel García-Oteiza, Guillermo Valdés Nicolao y Rocío Ramírez Fernández- recupera y analiza un plano inédito de 1937, elaborado por Alejo Segundo Marcou Belis, considerado un colonizador pionero de la zona boscosa fueguina comprendida entre el lago Fagnano y el seno Almirantazgo. El documento cartográfico detalla la infraestructura existente en la Estancia Almirantazgo, incluyendo puestos, puentes, muelles y una red de caminos, entre ellos la huella conocida como “La Siberia”, construida manualmente para atravesar extensos turbales.

El plano permite documentar prácticas históricas de explotación ganadera y forestal en un territorio que hoy es valorado por sus cualidades ambientales. Mientras gran parte de la colonización se concentró en la estepa, Marcou se internó en las denominadas “cordilleras boscosas”, un espacio relegado por su compleja topografía. Su accionar dejó un legado material y cartográfico que aún persiste en el paisaje, evidenciando la transformación física del bosque en función de objetivos productivos.

En conjunto, estos tres artículos muestran que la ocupación y comprensión de los territorios australes no puede desligarse de las tecnologías, los relatos y las infraestructuras que hicieron posible su habitabilidad. Desde la cerámica como respuesta a un clima adverso, pasando por la escritura científica y testimonial como forma de nombrar lo desconocido, hasta la cartografía como herramienta de transformación territorial, el volumen 53 de Magallania aporta nuevas claves para entender cómo el ser humano ha interactuado históricamente en los márgenes más australes del planeta.

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