Desde Puerto Williams, el ecólogo y filósofo premiado por la Sociedad Ecológica de Estados Unidos, Ricardo Rozzi, impulsa una ética radical que desafía el antropocentrismo, y propone diálogos con pueblos y especies para co-habitar el planeta.

En un rincón donde la biodiversidad y la historia humana han tejido una relación extrema e ineludible, se llevó a cabo la III Conferencia Internacional del Cape Horn International Center (CHIC), bajo el título “Filosofías, Educación y Éticas para la Conservación Biocultural”. Gaceta Polo asistió gracias a la invitación del equipo organizador y al apoyo del Nodo Laboratorios Naturales Subantárticos, una iniciativa financiada por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) para el fortalecimiento de las ciencias en la Macrozona Austral.

El encuentro se realizó en Puerto Williams, y tuvo como foco las “causas últimas” del colapso climático, pues se propuso indagar en las raíces filosóficas, éticas y culturales de la crisis. Es decir, reflexionar sobre las cosmovisiones, los valores y los sistemas de conocimiento que han sostenido la separación entre seres humanos y naturaleza. Se hizo a través de una convocatoria plural, con representantes de pueblos originarios como los Yagán y Mapuche, con especialistas de múltiples disciplinas de las ciencias, las artes y las humanidades, y con habitantes de la provincia Antártica.
En medio de un coro de voces lúcidas y desafiantes, destaca la del anfitrión del encuentro. Ricardo Rozzi Marín, director de investigación del CHIC, es biólogo y filósofo, Doctor en Ecología y Magíster en Filosofía por la Universidad de Connecticut, profesor titular en la Universidad de Magallanes y en la University of North Texas. Su línea de investigación, “Centinelas de la Homogeneización Biocultural”, explora cómo las dinámicas del mundo moderno han erosionado tanto la diversidad biológica como la cultural. En conversación con Polo, Rozzi desplegó sus ideas sobre los caminos éticos posibles desde Magallanes.
De la técnica al sentido: el valor de la vida comunitaria
La conversación inició con una reflexión crítica sobre el estado actual del conocimiento científico. Rozzi observa que la ciencia ha sido arrastrada hacia una tecnocracia que valora la eficiencia operativa por sobre el sentido. “No debiera estar la técnica como valor supremo. No debiera estar el trabajo enajenado en primer lugar, sino el trabajo al servicio de la vida. Y no de una vida individual, sino de una vida comunitaria”, afirmó. Para él, la investigación no puede estar aislada del territorio ni de las urgencias éticas. Su propuesta es simple y radical: reorientar el quehacer científico hacia el servicio de la vida, en su sentido más amplio.
Esta idea se articula en lo que Rozzi llama los tres niveles de diálogo necesarios para una transformación profunda: el diálogo interdisciplinario, el diálogo intercultural y el diálogo interespecies.
El primero, el diálogo entre disciplinas, plantea una crítica a la fragmentación del conocimiento. “¿Cómo conversa un científico, un artista, un filósofo?”, se preguntó Rozzi. Los científicos, dice, están formados casi exclusivamente para trabajar con números, y eso tiene consecuencias. Si bien reconoce los aportes técnicos de esta formación, advierte que ha debilitado el sentido. Por eso, aboga por una ciencia que recupere la pregunta por el propósito, por el “por qué hacemos lo que hacemos”, para desarrollar “un trabajo que dialogue con las necesidades, con los aportes que podemos ofrecer, pero también con las respuestas a las necesidades de Magallanes, del país y del mundo”.
Plurinacionalidad como justicia epistémica

El segundo nivel es el diálogo intercultural. Rozzi defiende que la construcción de conocimiento no puede seguir ignorando la sabiduría de los pueblos originarios. En la práctica, esto se expresó en la participación activa de figuras como Elisa Loncón Antileo —académica, líder mapuche y ex presidenta de la Convención Constitucional— y de otros representantes indígenas que fueron parte del diseño y desarrollo de esta conferencia.
“Nos interesaban estos diálogos tanto en la comprensión intercultural como en la co-construcción de una nación plurinacional, en el sentido político no partidista. Es decir, que aquello que decidimos para cohabitar el país, lo decidimos desde distintas miradas, distintas culturas, distintos reclamos.”
Rozzi propone una república diversificada, donde los saberes ancestrales no sean folclorizados ni subordinados, sino reconocidos como fuentes de conocimiento vitales para el futuro del planeta. Este enfoque también implica un gesto ético de reparación frente a siglos de injusticia estructural: “Hay reclamos y reparaciones que deben ser hechas… porque han estado en una situación injusta desde el punto de vista equitativo del Estado y desde el punto de vista de la diversidad inconmensurable.”
Escuchar más allá de lo humano

El tercer nivel de diálogo propuesto —y quizá el más provocador— es el diálogo interespecies. Rozzi se remonta a sus experiencias de infancia en el bosque junto a su abuelo, cuando comenzó a escuchar los cantos de las aves y a sentirlos como un lenguaje. Menciona al pájaro hued hued, al chucao y a la turca, y recuerda cómo estos sonidos despertaron su corazón al mundo.
Más adelante, en su trabajo con Humberto Maturana en el Laboratorio de Epistemología Experimental, desafió la idea de que el lenguaje era exclusivo del ser humano. “Le decía ‘Humberto, yo creo que las aves tienen un lenguaje’. Y me dijo ‘no naturalice el lenguaje humano con las aves'”, relata con una sonrisa.

Lo que comenzó como una intuición infantil se convirtió en una línea de investigación consolidada, respaldada por la etología, la antropología y la ecología. Rozzi entrega ejemplos concretos: “Un mono mandril que se sube a un árbol, ve una chita y le avisa a otros animales que también suben a los árboles. El mono mandril le está transmitiendo un lenguaje a la manada que está abajo, pero miembros de otras especies también entienden la señal y se resguardan. Alguien podría decir que es puro mecanismo. Pero eso claramente se complejiza cuando un perro, al ver a alguien ciego que se va a caer, lo ayuda. Un orangután, que fue famoso durante la época del COVID, con un fotógrafo que sabía que había caído a un pantano y venía una serpiente, baja del árbol, le tiende la mano y lo saca del pantano. Hay una cultura intencional”.
Esa cultura intencional, explica, implica reconocer que “hay una agencia de los otros seres que nos están hablando y, en la medida en que los escuchemos, podemos armonizar los ritmos de las conductas individuales, sociales, comunitarias, con los ritmos de la naturaleza”.
Para él, “este lenguaje interespecies es una relación en la que no vemos a los demás solamente como un objeto de estudio, sino como un sujeto con el cual interactuamos para entendernos. Y una ciencia que escucha la sabiduría de la naturaleza y de otras especies, puede tener una actitud más ética al cohabitar, para el mejor bienestar humano”.
Diálogos para la construcción de una ética del cuidado

Rozzi no se queda en lo simbólico. La ética que propone tiene consecuencias prácticas y políticas. Se refiere, explícitamente, a la necesidad de repensar la justicia desde la diferencia, y de cuestionar los dualismos opresivos heredados de la modernidad.
Un ejemplo es la falacia del sexo binario. “Los seres humanos, de ninguna manera tenemos sexo binario. Eso es una falacia desde el punto de vista de la ciencia. Somos hembras y machos. Los hombres tenemos un pequeño conducto de Müller, una pequeña vagina que se nos cierra. Y tenemos hormonas femeninas. Y las mujeres también tienen un pequeño pene llamado clítoris, y tienen una masculinidad”.

Y continúa: “Entonces, es necesario plurificar y superar esa dicotomía, que no es una dicotomía inocente sino que es opresiva: el patriarcado con el sexismo hombre-mujer, el antropocentrismo de opresión de la especie humana sobre otras especies, y el racismo con la opresión de una cierta raza blanca conquistadora sobre otra raza”.
La ética del cuidado que propone no es sólo ecológica, sino política, epistémica y decolonial. Afirma que “sabemos que los animales sienten dolor y placer. Lo bueno es que el código de ética de la ANID indica que se debe evitar todo dolor que sea innecesario”. Plantea además una ampliación hacia invertebrados y plantas, reconociendo sus culturas, relaciones y formas de comunicación. “Todos los seres importan, no sólo los carismáticos”.
Para Rozzi, el objetivo no es alcanzar un consenso, sino practicar una ética de los mínimos: escucharnos, reconocernos, respetarnos, para construir nuevas formas de cohabitación. Desde Magallanes, su pensamiento ambiental contemporáneo invita a aprender a escuchar otros saberes, otras culturas, otras especies, más allá de nosotros mismos y por el bienestar global.
Puedes leer la conversación completa en este link.

