Hasta las zonas más prístinas del planeta, están sufriendo esta contaminación provocada en su mayoría por polímeros sintéticos comúnmente utilizados en ropa, cuerdas de pesca y pinturas de embarcaciones.

Entre otras medidas, los investigadores llaman a diseñar políticas con perspectiva territorial, que regulen las fuentes locales de contaminación.

Bahía Nassau, provincia Antártica.

No hay rincón que se salve. En los confines del mundo, donde el mar se mezcla con glaciares y el silencio de los fiordos parece ajeno al ruido de la humanidad, la contaminación plástica ya ha dejado huella. Así lo demuestra un estudio recientemente publicado en la revista Environmental Science and Pollution Research, que revela la presencia de microplásticos en el sistema digestivo de invertebrados marinos que habitan las aguas antárticas y subantárticas.

Dra. Claudia Andrade.

La investigación, liderada por la bióloga Claudia Andrade, analizó la ingestión de partículas plásticas en cuatro especies bentónicas —es decir, que viven en el fondo marino—: los crustáceos centollas (Lithodes santolla) y langostinos (Grimothea gregaria) y dos especies de gastrópodos conocidos como lapas (Nacella deaurata y Nacella concinna). Los resultados evidencian que todas ellas contienen microplásticos en su interior, y que el tipo de alimentación influye significativamente en cuántas partículas ingieren y de qué tamaño.

Microfibras plásticas encontradas en el contenido estomacal de una centolla (Lithodes santolla).
Estudiante Bárbara Pinto.

Se trata de un nuevo hito en una línea de investigación que comenzó en la Universidad de Magallanes (UMAG) en 2017, cuando la Doctora en Ciencias Naturales realizó el primer análisis de microplásticos en centolla (Lithodes santolla). “Hoy, esa línea de trabajo no sólo continúa, sino que se ha fortalecido y diversificado: investigamos especies clave para el funcionamiento de los ecosistemas australes, aplicamos herramientas que nos permiten identificar la composición química de los plásticos, y establecemos vínculos con sus posibles fuentes de origen como textiles, envases y artes de pesca”, aclara

Participaron también en este estudio, los investigadores Taryn Sepúlveda, Cristóbal Rivera, Cristian Aldea y Mauricio Urbina. También integró el grupo Bárbara Pinto, estudiante que recolectó información para su tesis de pregrado denominada “Estudio de microplásticos en organismos marinos”, con la cual opta al título de Bióloga Marina de la UMAG.

Cuatro especies, un mismo problema

Cristóbal Rivera en el laboratorio.

El equipo científico recolectó organismos en distintas zonas del sur de Chile y la Península Antártica, abarcando un gradiente de influencia antropogénica. Las localidades incluyeron áreas con mayor intervención humana, como la playa del parque Chabunco en la provincia de Magallanes, y la bahía Nassau en la provincia Antártica, expuestas a actividad industrial y pesquera. También en zonas más remotas y de menor presión antrópica, como el fiordo Marian Cove (Península Antártica) y la Reserva Nacional Katalalixar (región de Aysén). En total, analizaron 214 individuos, extrayendo y examinando los contenidos de sus estómagos, bajo estrictos protocolos para evitar contaminación.

El hallazgo más llamativo: el 100% de los ejemplares de lapas (Nacella deaurata y Nacella concinna) tenían partículas plásticas en su sistema digestivo. Las centollas y langostinos  mostraron una menor prevalencia, cercana al 30%. Los gastrópodos ramoneadores —que se alimentan raspando el sustrato marino— ingirieron más partículas que los crustáceos carroñeros, aunque éstas eran de menor tamaño.

Lapas Nacella deaurata y Nacella concinna. Primera foto: Cristian Aldea. Segunda foto: Dirk Schories.

En total, se identificaron 427 partículas, en su mayoría microfibras de color azul o negro, compuestas principalmente de celulosa o rayón (materiales presentes en textiles y en ciertas algas), pero también de polímeros sintéticos como nylon, acrílico, polietileno y PET, comúnmente utilizados en ropa, cuerdas de pesca y pinturas de embarcaciones.

“Creemos que dar visibilidad a este trabajo aporta a una conversación necesaria sobre la relación entre desarrollo humano y conservación marina”, comentó la académica. 

Indicadores del plástico, centinelas del mar

¿Cómo afectan los microplásticos a la red trófica? ¿Influyen en la salud de los organismos, en la pesca o en la biodiversidad? “Estamos ante un problema silencioso que ya está dentro de los cuerpos de estos organismos, y probablemente también dentro de otros animales más arriba en la cadena alimenticia”, advierte la investigadora. “Lo preocupante no es sólo que haya plásticos, sino cómo están entrando al ecosistema y qué consecuencias pueden tener a mediano y largo plazo”.

Microfibras plásticas encontradas en el contenido estomacal de un langostino.

La presencia de microplásticos en los niveles más bajos de la red trófica podría generar efectos en cadena: desde alteraciones en la salud de los organismos hasta cambios en el flujo de energía y nutrientes del ecosistema. Los microplásticos pueden causar daño físico en los órganos internos, disminuir el apetito, afectar la reproducción e incluso acumularse en los tejidos con sustancias tóxicas adheridas a ellos. A largo plazo, esto podría debilitar la estructura de las redes alimentarias marinas australes, poniendo en riesgo especies de valor ecológico y económico.

Red de pesca en Reserva Nacional Katalalixar.

Por sus características biológicas y su lugar en la cadena alimentaria, las especies estudiadas —en especial, en el langostino Grimothea gregaria— podrían funcionar como bioindicadores de la contaminación por plásticos en los ecosistemas australes. Este crustáceo habita zonas amplias de los canales patagónicos y es presa de aves, peces y mamíferos marinos, lo que lo convierte en una especie clave para evaluar el impacto del plástico en la red trófica.

¿Qué podemos hacer?

Raúl Pereda de CONAF con la Dra. Andrade en embarcación de Oceana.

La información obtenida ha motivado a estos investigadores a generar redes. “Participamos activamente en iniciativas internacionales como la Scientists’ Coalition for an Effective Plastics Treaty, así como en la Red SPLACH, una red nacional de científicas y científicos que investigan plásticos creada en 2018 no solo por el auge del tema. Tanto Scientists’ Coalition y SPLACH representan un espacio de apoyo, ciencia colaborativa y defensa del conocimiento en contextos difíciles”, cuenta la Dra. Andrade.

Estos resultados muestran la necesidad de profundizar en los efectos fisiológicos de la ingestión de microplásticos en especies clave; ampliar los sistemas de monitoreo en ambientes costeros australes; visibilizar los aportes locales a la investigación sobre plásticos en zonas australes, y diseñar políticas con perspectiva territorial, que regulen las fuentes locales de contaminación, por ejemplo, en fiordos, reservas marinas y zonas industriales. También se vuelve urgente fortalecer la educación ambiental y la conciencia pública sobre la huella del plástico.

Baterías, material de pesca, envases de bebida y café son algunos de los desperdicios encontrados en el recorrido.

“En este contexto, es fundamental mantener registros sistemáticos de concentración de microplásticos en distintos compartimentos del ecosistema, y avanzar en la definición de umbrales ecológicamente relevantes que permitan orientar medidas de mitigación”, enfatiza la especialista. Porque, incluso en el fin del mundo, el plástico ya ha llegado. 

Científicas en Marian Cove, Isla Rey Jorge, Península Antártica, lugar donde se recolectaron lapas.

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